Para emprender no hay que tener barba

Por Andrés Acevedo

Ser emprendedor es cuestión de actitud, dice un amigo mío. Ser emprendedor es ser barbado y asistir a reuniones de negocio vestido de jeans, camiseta y tenis, dice Hollywood. Los emprendedores exitosos, nos dicen por ahí, se retiran de la universidad para crear imperios que terminan cambiando el destino de la humanidad.

Se dicen muchas cosas sobre los emprendedores, pero la mayoría de ellas siguen la misma línea. Una línea donde no cabe el comentario de mi amigo: ser emprendedor no es cuestión de actitud, es cuestión de genética, suerte y un poco de demencia. Ninguna de las tres, pienso yo. Me sumo a la tesis de mi amigo emprendedor, emprender es cuestión de actitud y sobre todo de actuar.

Mi conclusión es reciente (hay bebes que tienen más meses de vida que mi entendimiento de lo que significa emprender), pues apenas se cumplen seis meses desde que empecé a emprender. Hollywood no diría que yo soy un emprendedor; mi amigo sí. Para la gran mayoría – que se adhiere a la narrativa hollywoodense de emprender – no soy emprendedor porque no tengo muchos resultados para mostrar.

Puede que tenga un producto, pero resultados, por ahora, no. Esa es la diferencia entre lo que pensamos mi amigo y yo sobre emprender y lo que se entiende mayoritariamente por emprender. Esa también es la principal razón, creo yo, por la que mucha gente decide no emprender. ¡Claro! Si uno se va a medir contra Bill Gates o Steve Jobs – que desde muy temprano tuvieron grandes resultados – tiene que tener grandes reservas de confianza en sí mismo para no sentirse desalentado.

Cambiar convenciones sociales no es fácil. Más cuando el cine, la televisión y los libros han contribuido a cimentar esos imaginarios en nuestras cabezas. Yo creo que para cambiar lo que entendemos por ‘emprendedor’ primero tenemos que cambiar algo más maleable. Empecemos por ‘resultados’.

Volvamos ‘resultados’ algo más cercano, más accionable. Que resultados vaya más allá de cumplir metas de ventas, financieras o de número de fans en redes sociales. Empecemos a felicitar a las personas que crean su carpeta en Google Drive con el posible nombre de su empresa. A los jóvenes que por fin se atreven a escribirle a ese empresario que los puede ayudar. A los oficinistas que llegan de su trabajo de tiempo completo y, en vez de prender el televisor, comienzan a programar su App.

Empecemos a celebrar cosas pequeñas: el día que se cumplen cuatro meses de estar reuniéndonos todos los sábados a trabajar, el mensaje de ánimo de un viejo conocido, nuestro primer prototipo, nuestro primer logo (así lo hayamos hecho en Paint), un nuevo mentor, un nuevo amigo.

Ser emprendedor no es tener libertad financiera y ser su propio jefe, es un estado mental. De esto puedo dar fe. Emprender lo cambia a uno. Lo que antes eran problemas ahora son retos. Las que antes se presentaban como ideas opuestas ahora pueden convivir. Antes la pereza era un concepto simpático ahora la veo como la peor enfermedad.

Emprender es la verdadera planta mágica que cura los males. Nos llena de propósito, de optimismo y de satisfacción por cada paso que damos. Hasta la ‘neurosis de los domingos’, esa especie de depresión que aflige a las personas al final de la semana, desaparece. La versión romantizada – e inalcanzable – de emprendedor está privando a muchos de curar sus males.

Al mundo le hace falta más emprendedores. “Emprendedor es el que tiene barba y no tiene jefe”. Llegó la hora de cambiar la narrativa. Celebremos esos pequeños logros que suceden a diario y solemos ignorar, y hagamos que más personas se sientan emprendedoras.

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