Posponer la vida

Este texto nos lo envió nuestra querida oyente Marcela Olarte luego de que escuchó nuestro episodio «El cambio de frente» (episodio 12, primera temporada). En él, hablamos sobre lo irresponsable que es posponer la vida: esperar a jubilarse para empezar a hacer lo que en realidad quisiera hacer, esperar al momento perfecto, único; ese mismo que nunca llega.

El mensaje resonó con Marcela, que años antes había escrito un texto bajo ese mismo título. Un texto que ahora les compartimos y que plantea algo en lo que creemos profundamente: que no hay caminos buenos y malos. Simplemente, hay caminos buenos para uno y otros que no tanto.

Por Marcela Olarte*

Llené mi closet con zapatos de tacón por una sola razón: porque podía, porque el sueldo, en ese entonces, me lo permitía. Zapatos y no libros. Había platica de más, ni un minuto libre. Había mal genio, dolor de cabeza, irritabilidad. Había una actitud cula después de las seis y una añoranza patética por el fin de semana, como si 48 horas fueran LA vida.

La certidumbre de la prima. La posibilidad de tener el puesto de mi jefe algún día. ¿Era eso lo que quería? No. Entonces, mijita, deje el miedo y decida. Suelte la ramita aunque no tenga la otra cogida. ¿Qué es lo que más me gusta hacer? Aprender. ¿Puedo vivir de eso? Sí, si enseño lo que he aprendido. Pero no pagan tan bien. Toca gastar menos.

Juemadre si valió la pena.

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A los veinte quería ser ministra de educación, quería ser demasiado tesa. Tenía tanto afán, tantas ganas de ser la más. Ser importante y no tener tiempo. Tremenda meta. A los treinta no quiero ser la mejor en nada, la más nada. Quiero hacer bien lo que hago y listo. Quiero ser una buena profesora no una hiper-investigadora. Aprenderme los nombres de los estudiantes, recomendarles películas y libros. Y enseñarles, claro, pero no solo lo que está los textos, eso lo pueden aprender solitos.

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No quiero ser millonaria, prefiero querer menos cosas y vivir más tranquila. No lo he logrado todavía, pero ahí voy, evitando pasar por las vitrinas. Si he de ser famosa, que sea por lo que algún día escriba. No por estos post que hasta ahora he disfrutado tanto, sino por un libro humano, maduro, que le llegue al que lo lea, que diga algo que conmueva. ¿Y si eso no pasa? Pues nada, algo habrá ocurrido en el camino, o no era tan talentosa como hubiera querido.

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Sigo siendo disciplinada y cumplida, pero me doy menos palo y trato de darle más valor y vivir con más gracia el día a día. No he dejado de tener metas. Tampoco pienso que el pan aparece por arte de magia cada día. Intento, eso sí, que el futuro no me determine tanto; que no me frustre anticipadamente lo que no he conseguido. Tanta presión por lo que aún no es, ¿dónde no haya otra vida?

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Quería escribir sobre posponer la vida porque hace poco leí algo muy potente a propósito del último nobel de literatura, Ishiguro. Según el artículo, la obra del japonés-inglés proponía romper la etiqueta: “Salir de las seguridades para que la vida se dé de nuevo, para que el resto del día tenga validez, para que antes de morir sepamos que la vida existe afuera y su tarea era hacernos sentir que sí estamos vivos”.

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Terminé escribiendo una cursilería, pero ya metida en estas por qué no decir que ha sido una dicha poder llamar a mi mamá con tiempo, ir sin afán a almorzar donde la abuelita. Ver a las amigas en semana, no estar tan pendiente del reloj, tener ganas de hacer planes después de las cinco. Y no es esta una crítica a otras formas de pensar ni de vivir la vida. Mi respeto a los futuros CEOs, y al que se compre un yate, ojalá invite.

 

* Marcela Olarte Melguizo es comunicadora social y politóloga. Magister en Hermenéutica literaria, o aeronáutica, como dice su papá. Profesora universitaria. Enferma por los libros y el Deportivo Independiente Medellín. Escritora aficionada desde el 2017. Escribe sobre lo cotidiano, mezclando ficción y realidad y lo publica en su cuenta de instagram @molarte.

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