El afán de las maestrías

Por Andrés Acevedo Niño

“Estoy mirando a ver cuál maestría hago”. Esa frase me la dijo hace poco una amiga que no tiene por qué estar pensando en maestrías. Y digo que no debería estar pensando en ello no porque lleve poco tiempo trabajando –aunque es cierto– sino porque sé que no está pensando en hacerlo por las razones correctas.

Una de mis máximas en la vida es hacer las cosas por las razones correctas. Y eso suena, francamente, obvio e inaportante. No obstante, es sorprendente el número de veces que tomamos decisiones por razones incorrectas, incluso cuando se trata de decisiones que están sustentadas en una lógica impecable.

Hacer las cosas por las razones correctas suena a una enseñanza antigua, a algo que tal vez dijo, en su momento, Jesús o Gandhi. No sé si fue así. Mi máxima es producto de un análisis de mis propias decisiones. Pero no de las que salieron bien; de las que salieron mal, las que duelen y las que uno desearía nunca haber tomado. Esas decisiones, a pesar de plasmarse en diferentes ámbitos de la vida, tenían un elemento común: las había tomado por las razones incorrectas. Por miedo, por inseguridad, por querer complacer a alguien, por evitar caer en ridículo, por que era lo que todo el mundo hacía o creía que estaba bien hacer.

Todas esas son pésimas razones para hacer las cosas y, créanme, en el largo plazo la cosa no resulta bien. Pero por más equivocadas que demuestren ser, seguimos cayendo en la trampa. Lo hacemos en la vida amorosa y lo hacemos, también, en la vida profesional. Y entonces llega el afán de las maestrías y sin saber muy bien por qué, decidimos que queremos –tenemos– que hacer una maestría. Estas son algunas de las razones incorrectas que se esconden detrás de la decisión de hacer una maestría:

Presión social

A veces el afán de la maestría es motivado por ver a los demás haciendo maestrías. Aquí juega el famoso FOMO (fear of missing out) y entonces uno siente que no es nadie porque el otro ya entró a Harvard y ya está siendo ‘alguien’.

Sueños no evaluados

La persona desde siempre ha tenido el sueño de ir a una universidad específica. Casi siempre Harvard o alguna otra de nombre prestigioso. Y la maestría es simplemente el medio para cumplir su sueño. En este caso, aunque la razón para hacerlo suena loable, vale la pena indagar más por las razones para hacerlo.

Las más de las veces los hitos de vida no traen la satisfacción esperada cuando se logran. “Pero es que es algo que siempre he querido hacer”, lo sé. Yo siempre he querido ir a Irlanda, no se muy bien por qué. Ahora, lo mío es un viaje, lo suyo es un compromiso de dos años y mucho dinero. Vale la pena preguntarse para qué.

Vehículo de escape

Finalmente, están los casos en los que la maestría se usa como vehículo de escape de la insatisfactoria situación laboral actual de la persona. Están los desempleados que tienen la posibilidad de hacer una maestría, entonces la hacen “porque está muy difícil conseguir trabajo”. Por otro lado están los que no les gusta su trabajo y salen en búsqueda de la maestría que les dé una excusa para no tener que volver a ese sitio que detestan.

En el primer caso, las más de las veces la maestría solo termina por afianzar el desempleo; lo único que cambia son las razones para no contratarlo: ahora no solo no tiene experiencia, sino que, además, está sobrecalificado. En el segundo caso, hay que decir que hay opciones menos radicales que embarcarse en una maestría para encontrar satisfacción en el trabajo. En 13% hemos hablado sobre algunas: desde job crafting (diseño del trabajo) hasta construir un plan realista de escape. Parece que estos son pasos que conviene agotar antes de dar un salto tan grande como el de la maestría.

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Hacer las cosas por las razones correctas es, en esencia, preguntarse el por qué de todo. Abstenerse de hacerlo es la fórmula perfecta para una carrera profesional insatisfactoria.  Hacer una maestría para cumplir con el checklist profesional que se cree debe seguirse, o por ansiedad de ver a amigos y parientes haciéndolo, o para tener una razón para no volver a ese trabajo que detesta, es tomar una decisión por las razones incorrectas.

Puede que le funcione, puede que gracias a esa maestría tome un giro profesional que derive en un trabajo que lo satisfaga. Es, en todo caso, un riesgo alto y una oportunidad perdida. Oportunidad de embarcarse en esa etapa de su vida para buscar conocimiento que no tiene y que lo intriga. Oportunidad de rodearse de gente con la que le gustaría estar rodeado. Oportunidad, en últimas, de hacer las cosas por las razones correctas.

 

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