La ansiedad del éxito heredado

Por Nicolás Pinzón Guerrero

Alain de Botton suele decir que la definición de ansiedad se representa en un momento específico. Es exactamente un domingo cuando se empieza a ocultar el sol y uno se da cuenta que sus aspiraciones personales están chocando con la realidad de su vida; pensamiento que se deriva en un abrazo inesperado con la almohada.

Probablemente la gran mayoría hemos vivido esa sensación alguna vez. Incluso, puede haber quienes piensen que esta es una forma ‘normal’ de terminar la semana, entonces por costumbre abracen esa almohada con la resignación de lo ‘inalterable’ como parte de la rutina dominguera.

Sin embargo, pocas veces paramos a pensar dónde viene esta ansiedad y menos aún si esto tiene alguna solución más allá de un “quiero renunciar a mi trabajo” o “quiero irme de viaje lejos de todo”. Después de analizar este tema en varias historias contadas en 13% estoy convencido de que la ansiedad — tan común en el siglo XXI — puede enfrentarse de distintas maneras. Estas son las ideas que he construido con respecto a ¿por qué somos una sociedad que vive ansiosa? y ¿qué podemos hacer para enfrentar este problema?

La infinidad de posibilidades

Me gusta pensar que estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad. Hace unos siglos cambiar el estatus con el que se había nacido era un absurdo. Si nacía esclavo, moría esclavo; si nacía como siervo de un feudo; moría como siervo de un feudo. Hace una pocas décadas, inclusive, no era posible pensar que un estudiante cualquiera formaría en su garaje de la casa una empresa con la cual se volvería la persona más rica del mundo.

Adicionalmente, antes nos decían qué hacer. La dictadura de las religiones y las tradiciones nos decían a los seres humanos cómo y para qué vivir. La libertad estaba absolutamente restringida. Esto, sin embargo, se ha difuminado poco a poco desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ahora el ser humano tiene mayor libertad y las posibilidades para escoger el modo en que quiere vivir parecen infinitas.

Aunque el panorama es alentador — y solemos olivar este hecho — , este contexto donde el ser humano tiene mayor libertad trae nuevos retos. No me voy a centrar en los retos de política pública y las nuevas complejidades económicas, para eso mejor escuchar a los tecnócratas. Me quiero centrar, por el contrario, en los efectos que tiene el hecho de que ahora tengamos la libertad de escoger ilimitadamente cómo y para qué vivir; es decir, en la ansiedad.

La ansiedad, ciertamente, es un problema complejo y relevante en muchos países. Según la OMS cada 40 segundos alguien se suicida en el mundo. De estos suicidios, un porcentaje alto son producto de las enfermedades cognitivas que se derivan de la ansiedad.

Probablemente por esto Jean-Paul Sartre, en modo existencial, advirtió que “la libertad es una condena”. Y estoy de acuerdo, probablemente se puede volver una condena. Pero, a su vez, esta condena se debe complementar por una frase de Andrés Calamaro, que canta que “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”. La solución, entonces, no debe ser de ninguna manera volver a las dictaduras tradicionales y que nos pongan anteojeras como a los caballos. Todo lo contrario, la solución — y el gran reto — es entender cómo abrir tranquilamente las puertas de una vida con infinidad de posibilidades.

Noción heredada de éxito

La pregunta habitual en cualquier reunión de egresados o evento de networking es “¿a qué te dedicas?”. El problema con esta pregunta es que muchas veces está orientada a juzgar — tal vez inconscientemente — la situación de la otra persona. Con esto se suele analizar rápidamente si el otro ha logrado escalar la escalera corporativa y cuál es su estado en la jerarquía social.

El éxito, entonces, pareciera que desde hace un par de generaciones se mide exclusivamente por el tener: tener un buen cargo en una compañía exitosa, tener un buen carro, tener una buena casa y tener un buen salario. En efecto, aparentemente, no sólo vivimos en una sociedad materialista, sino que además nuestras recompensas emocionales parecieran que están ligadas al poder de adquisición de cosas tangibles.

Para añadirle otro ingrediente a esta situación, los gurús empresariales y de superación personal nos dicen constantemente que lo podemos lograr ‘todo’. Entonces no hacerlo, no estar en la ‘cima’, teniendo en cuenta que nos dicen que tenemos la capacidad de hacerlo y que tenemos control de todo, no es otra cosa que un rotundo fracaso.

Bajo esta perspectiva, no resulta extraño que un domingo cualquiera, cuando se empieza a ocultar el sol, uno se dé cuenta que sus aspiraciones personales estén chocando con la realidad de su vida. Si vivimos para complacer esa idea heredada de éxito — esa expectativa de escalar la escalera corporativa — sin preguntarnos si esa es la concepción real de éxito para nosotros, la ansiedad será inminente. Si vivimos bajo esa medida de valor como seres humanos, me parece evidente que el único sentimiento posible tras el atardecer de un domingo antes de enfrentar el trabajo nuevamente sea una dosis profunda de ansiedad. El exceso de ansiedad, en efecto, está íntimamente ligada a la concepción heredada de éxito que nos abruma.

Redefinir el éxito

En 13% creemos que el éxito es para definirlo, no heredarlo. Creo profundamente en que todos debemos tener aspiraciones, ideas y estrategias para lograr lo que nos proponemos. Pero esas ideas suelen ser distintas y cambiantes para todos. A veces — y con frecuencia — pensamos que queremos algo que en realidad es una aspiración de alguien más. El mal querer, como dice Rosalía.

Al definir nuestra propia noción de éxito, es posible bajarle algunos decibeles a la ansiedad en nuestras cabezas. Una forma de disminuir la ansiedad, ciertamente, es darle foco a nuestros pensamientos. Es dejar de perder tiempo mental en cómo tener objetos para mostrar. Es entender para lo que uno es bueno y para lo que no. Es aceptar lo que no se puede cambiar para cambiar lo que no se puede aceptar. Es, en últimas, simplificar y minimizar la infinidad de posibilidades que nos da la libertad para así lograr lo que verdaderamente le importa a cada uno.

Finalmente, con mayor claridad sobre la definición propia de éxito, resulta importante un consejo que dio Alejandro Gaviria en un discurso a recién graduados de universidad respecto de las excesivas expectativas que el mundo tiene sobre esta nueva generación: “ustedes no tienen que hacerlo todo. No tienen que serlo todo. Por lo menos no todo al mismo tiempo, como les han dicho.” Es cierto, nos han dicho que los millennials somos la generación del cambio. Y ojalá lo seamos, pero con paciencia, foco y entendiendo de qué es lo importante.

Así las cosas, para terminar, propongo tener en cuenta lo siguiente para reducir la ansiedad, que — como he intentado decirlo de distintas manera — no es otra cosa que redefinir el éxito:

  1. Explote sus talentos y reconcíliese con sus debilidades.
  2. No juzgue por las cartas de presentación.
  3. Aléjese de las expectativas ajenas.
  4. Simplifique y minimice a lo que realmente le importa.
  5. No tiene que hacerlo todo. Por lo menos no al mismo tiempo.

3 Comments

  1. Excelente artículo para iniciar una nueva semana , además muy acertado para estos días de cierre de año cuando empezamos a replantearnos las preguntas que bien nos llenan de sentido o incertidumbre, !! Mil gracias 🙂

  2. Genial este artículo, y concuerdo mucho con algo: nos han lavado el cerebro con la idea de tener, tener y tener, por encima del ser y esa es la razón por la que hay tantos ejecutivos «exitosos» pero infelices ya que se vuelcan al trabajo y descuidan las otras áreas de su vida.

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