Nuestra hora más hermosa

Por Andrés Acevedo Niño

Los últimos días han sido extraños. Recuerdo hace un par de semanas burlarme de la pandemia junto con mi tío. Exagerados, tildábamos a los que modificaban sus planes por lo que, en el momento (hay que admitirlo), creíamos una gripa grave. Hoy lo sabemos: los que hace unos días eran exagerados y alarmistas son hoy visionarios. Ciudadanos responsables que se aislaron cuando hacerlo parecía un acto descabellado – tan descabellado como esos locos en el 2012 que se enterraron en sus bunkers por la profecía maya sobre el fin del mundo.

Son días raros. Ningún plan sobrevive a los caprichos del virus. Una idea aterradora, en principio. Pero bajo examinación también una idea liberadora. Un regreso forzado a lo esencial. A lo estrictamente necesario. A los libros y a las conversaciones. A la compañía de los pocos esenciales. Esos que, cuando vivíamos en el mundo normal, tomábamos por sentado y hoy agradecemos de tener a nuestro lado. En esas estamos: de regreso al nido. De vuelta al hogar. Y esta vez no nos encerramos para protegernos, como en las guerras, sino para proteger a otros. ¡Qué idea más hermosa!

Días raros en los que nuestra relación con el tiempo cambia. El tiempo: ¡Otro fenómeno extraño! Y entonces el tiempo deja de ser un recurso para producir y se vuelve un espacio para buscar la belleza. Ah, porque no les quede duda. Si algo necesitamos en estos momentos es buscar la belleza. Y ojalá, encontrarla. En lo cotidiano. En la lentitud. En nuestra nueva manera de entender el tiempo. En los libros y en nuestros seres esenciales. En lo que siempre ha estado ahí, esperándonos, y nunca habíamos tenido la oportunidad de encontrar. Lo decía Elvira Sastre hace unos días: “frente al terror, siempre lo hermoso”.

No es esta la primera vez en la que nuestra hora más peligrosa coincidió con nuestra hora más hermosa. Le sucedió ya a Inglaterra, cuando se encontró sin ejército, sin aliados y frente a una inminente invasión de los Nazis. En esa hora oscura, Churchill pronunció estas palabras que hoy haríamos bien en tatuarnos:

Fortalezcamos, pues, nuestros corazones, para cumplir nuestro deber, y portémonos de tal modo que, aunque el Imperio Británico y su comunidad de naciones deban durar todavía mil años, los hombres de esos tiempos digan aún: «Aquélla fue su hora más hermosa.»

Ya sabemos lo que tenemos que hacer. No está en duda. Abandonar ese discurso facilista de “no hay que caer en pánico” (que en realidad quiere decir: hay que seguir la vida como si nada) y asumir nuestro deber. Portarnos de tal modo que dentro de mil años las personas de esos tiempos digan aún: “Aquella fue su hora más hermosa”.