Tres ideas antes de renunciar

Por: Nicolás Pinzón Guerrero

En este video explico el contenido de este artículo.

Seth Godin tiene una frase que aparenta ser básica, pero no lo es: “debemos renunciar a lo malo, acogernos a lo bueno, y tener la valentía para hacer lo uno o lo otro.”

Las decisiones más importantes que tomamos cargan muchas variables y jamás son dicotómicas. Están llenas de matices que no siempre son evidentes. Esconden preguntas complejas de lo que uno podría pensar o hacer antes de decidir.

Renunciar a un trabajo o proyecto es una decisión de suma relevancia. Jamás se puede tomar a la ligera. Como toda decisión importante, aprendí con el tiempo, hay que evitarla en momentos de crisis. Renunciar exige un análisis profundo y en perspectiva. Exige, en últimas, despejar el panorama de la niebla que suele generar la subjetividad de las emociones temporales.

Renunciar nunca debe ser la primera opción. Debe ser, quizás, la última. Y en ese proceso desde la duda hasta la decisión hay mucho por pensar y hacer.

El punto muerto

Los momentos difíciles son inevitables. Qué aburrida sería la vida sin ellos. Puede haber momentos de estrés, de desilusión, de derrotas eminentes. Puede pensarse, por ejemplo, en que los objetivos propuestos están lejos de cumplirse. O sentir un ambiente laboral agobiante, que no hace sentir parte de nada.

Este tipo de situaciones abren la puerta a las dudas. Cuestionar lo que uno está haciendo. Dudas existenciales, quizás. Ponerlo todo a prueba. Y pueden dar ganas de arrugarlo todo, botarlo a la basura, e irse a un lugar lejos de todo y cerca de nada, como diría Paolo Lugari.

La pregunta que uno podría hacerse, sin embargo, es si la situación difícil que detonó el modo existencial es algo transitorio o definitivo. Y puede ser definitivo, la gota que rebosó el vaso, la que hizo ver el punto muerto que se había evitado por meses.

Pero también puede ser algo transitorio. Parte de un proceso que tiene sentido. Y, como todo proceso, tiene etapas duras. En ese caso, probablemente renunciar sea una pésima decisión. Puede ser mejor replantear las tácticas y los sistemas para navegar mejor ese proceso.

Si la respuesta de un análisis cuidadoso de la situación es que uno está frente a un punto muerto — uno sin salida del que hay que saltar antes de chocar más fuerte — es probable que uno deba cambiar lo que está haciendo. Y esto, aunque parezca contraintuitivo, no necesariamente implica renunciar.

Rediseñar el trabajo

Cambiar lo que uno está haciendo no siempre es sinónimo de renuncia. Muchas veces es posible rediseñar el trabajo que uno tiene. Esto, sin duda, exige valentía y dosis mínimas de rebeldía; pero es una alternativa fundamental antes de renunciar. Muchas veces uno tiende a pensar que cambiar 100% es la única opción. A veces pequeños cambios abren opciones a resultados duraderos.

Según Amy Wrzesniewski, cada persona puede buscar rediseñar su trabajo de tres formas:

  1. Rediseñar las funciones: constantemente estamos en una caja cerrada con las funciones que uno tiene en una organización. Uno puede buscar iterar, experimentar lo que hace en ese mismo trabajo y ver si puede salirse de esa caja cerrada de funciones específicas.
  2. Rediseñar las relaciones: en muchas empresas hay áreas o personas con las que uno nunca habla. Eso carga un sesgo en la forma de ver el sitio donde uno trabaja: restringe el panorama. Hablar con personas de otras áreas puede generar nuevos proyectos, nuevos intereses y nuevas relaciones. Uno podría, por ejemplo, aprender lo que se está haciendo en el área de finanzas o mercadeo, en vez de únicamente cerrarse a su rol de desarrollador.
  3. Rediseñar el sentido de su trabajo: a veces la visión de la empresa donde uno trabaja es fija y estructurada (quizás poco clara). Entonces puede pasar que uno se sienta en la obligación de tener esa misma visión. Sin embargo, todos tenemos intereses y propósitos distintos. Es una buena estrategia repensar la forma en la que uno ve su trabajo. Puede ser que, inclusive, uno termine contagiando de ese nuevo sentido a otros.

Esas dosis mínimas de rebeldía y protesta, en últimas, son formas de ampliar el panorama de lo que uno tiene al rededor. De buscar soluciones y mejorar situaciones. Constantemente las opciones de cambiar están más cerca de lo que uno piensa. La indignación, bien se sabe, es mejor herramienta que la resignación.

(Para escuchar historias de 13% en las que hablamos de rediseño del trabajo les recomendamos esta y esta)

Robarle tiempo al tiempo

Si, finalmente, hay absoluta claridad de que la situación que uno está viviendo es definitiva (un punto muerto) y además no hay forma de rediseñarla, probablemente la decisión correcta sí sea renunciar.

Pero, por último, es importante un factor clave: el tiempo. Puede ser que por las obligaciones que uno tiene el momento no sea el adecuado. Puede ser, también, que no haya a dónde saltar después de la renuncia: sólo queda saltar al vacío, lo cual es una alternativa peligrosa.

El factor tiempo es fundamental. Una renuncia sin estrategia no es una renuncia inteligente. La buena noticia es que hay una opción: robarle tiempo al tiempo. Encontrar formas de crear espacios para empezar a crear proyectos paralelos al trabajo, desarrollar habilidades o buscar otro trabajo de una forma metódica. Es necesario revisar el uso del tiempo y la productividad (recomiendo este artículo y esta entrevista). En últimas, si es algo verdaderamente importante, separar momentos en la agenda para esto debe ser prioritario.

Con disciplina, reflexión y estrategia, es posible saltar. Pero no saltar al vacío. Por el contrario, saltar a un terreno fértil que uno ha cultivado con la constancia y persistencia necesaria.

La vida nunca es dicotómica y una decisión tan importante como renunciar a algo nunca puede serlo. No es bueno tomar decisiones radicales en momentos de crisis y con pensamientos nublados.

Renunciar o acogerse a lo bueno, diría Seth Godin. Con análisis y quemando alternativas. Y más importante, tener la valentía para hacer lo uno o lo otro.

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