La eterna insatisfacción

Por: Nicolás Pinzón Guerrero

Hay un consejo que he escuchado mínimo 100 veces en mi vida y nunca me ha convencido del todo: vivir el presente. Me hace sentir incómodo. Me veo viviendo como una gallina que sólo picotea de maíz en maíz. 

Woody Allen dice que el 80% del éxito es vivir el presente. El escritor Juan Gabriel Vásquez insiste en que todo lo que tenemos es presente. Y suena lindo -poético, quizás-. Vivir el hoy. Carpe Diem. Pero me incomoda escuchar esto. Me repele. 

Al tiempo, paradójicamente, entiendo su importancia. Vivimos ansiosos por la incertidumbre del futuro. La imaginación humana carga eso: visualizar lo que podría pasar. Eso asusta. Y esta mirada ansiosa carga un resultado directo: la eterna insatisfacción. 

Si siempre estamos pensando en lo que vendrá, nunca estaremos satisfechos con lo que hay. Disfrutar lo mínimo se vuelve ajeno a uno porque eventualmente acabará, cambiará o no es perfecto. Ahí es donde entiendo el cuento del presente. Lo entiendo, pero me sigue incomodando. 

Lo cierto, sin embargo, es que nunca había pensado de dónde viene esta incomodidad. Y por supuesto yo no lo entendí solo. Lo entendí gracias a las gallinas. 

Picotear sin rumbo

Es fascinante ver una gallina. De la mano de algún extraño cae al piso una dosis de maíz. Va y picotea porque ahí cayó. Ese mismo extraño bota otra dosis de maíz en otro lugar cercano. La gallina, sin remordimiento alguno, abandona rápidamente la primera dosis iniciada y va directo a picotear la segunda. 

Esto se repite el número de veces que el extraño quiera regar nuevas dosis. Cuando ya no hay más chorros de maíz, a la gallina no lo importa. Termina la última que hubo, mira hacia arriba y se va. Sí, se va dejando todas las otras dosis de maíz que nunca terminó. 

La gallina es la experta en vivir el presente. Dejar el pasado atrás y no esperar nada del futuro. Picotear lo que caiga, disfrutarlo y seguir. Cuando David Escobar dio ese ejemplo en la historia que contamos de él en 13% (esta), finalmente lo entendí. Cuando escuchaba una y otra vez ‘vivir el presente’, me sentía -sin saberlo- una gallina. 

Siento, en últimas, que “vivir el presente” sobresimplifica la vida. Se reduce a lo que está por debajo de lo mínimo. Pierde de vista esa característica humana que me inquieta como pocas: la imaginación. Me inquieta porque esa misma imaginación que genera miedo, ansiedad e incertidumbre del futuro es también, diría Elizabeth Gilbert, la que nos hace capaces, recursivos y resilientes. Más que cualquier otra especie. Y eso, aunque no nos hace mejores, nos hace únicos. Nos hace humanos. 

Vivir el presente me incomoda porque siento que me arranca la mejor de las características humanas: la imaginación. Esa de doble naturaleza de ansiedad y recursividad. 

La imaginación es la herramienta que nos ayuda a pintar un mapa donde no existe. La que le da un sentido a esta aleatoriedad de casualidades absurdas. La que nos construye narrativas de lo que queremos ser, así nunca lo logremos. Al menos no totalmente. 

No quiero ser la gallina que picotea de maíz en maíz y sigue picoteando sin ningún tipo de rumbo, sumida en un eterno presente. Prefiero afrontar la ansiedad del futuro y seguir imaginándome a dónde puede ir la gallina cuando acaba de comer. Lo bueno, además, es que hay formas de afrontar la ansiedad de la incertidumbre: evitar los rieles. 

Saltar del ferrocarril

Con frecuencia, dice David Brooks, la invitación es a vivir como ferrocarriles que van construyendo sus propios rieles para andar por un camino predefinido. 

Esto, se traduce en tener un plan establecido, es decir, un proyecto de vida estructurado. Un camino específico y un norte único. Un mapa detallado del lugar al que queremos llegar. Es, parece, la forma de lograr la certidumbre que tanto anhelamos. Es, también, el camino directo al desastre, diría David Escobar.  

Andar sobre un único camino -uno predefinido con rieles fijos- es olvidar que no hay rutas perfectas. Los planes pocas veces resultan como los imaginamos. Es, en definitiva, la mejor manera de chocarse contra la realidad y no tener cómo arreglar el rumbo porque no hay más rieles por donde ir. 

Aferrarse a un plan buscando certidumbre es postergar la ansiedad. Pronto el camino será insuficiente para afrontar todas las variables no controlables que debemos encarar en la vida. Es ingenuo pensar que nuestro camino será suficientemente sólido para arrasar contra todos los obstáculos; esos que no podemos controlar. Obstáculos que con frecuencia los ferrocarriles no pueden sobrepasar sin salir ilesos. 

Vivir sobre rieles predefinidos es vivir ajeno a los tiempos: al pasado, al futuro e incluso al presente. Es vivir ajeno a la realidad de las limitaciones humanas. Ajeno a saber que la mejor parte de los planes es cuando hay que ajustarlos. Es decir, navegarlos. 

Caminante no hay camino: hay escollos al navegar. 

David Escobar nos enseñó que no conviene ninguno de los extremos: ni picotear de maíz en maíz en un eterno presente, ni pensarse como un ferrocarril que tiene que andar sobre sus rieles predefinidos. 

Su propuesta es a navegar. Saber que en el mar hay escollos, y por eso entender que constantemente tendremos que corregir el rumbo. Tal vez lleguemos a destinos diferentes al que un día pensamos, y no hay por qué frustrarse con eso. La vida cambia y nosotros cambiamos. Las reglas de juego pueden cambiarnos la baraja sin preaviso. 

Ahí mismo es donde necesitamos de la imaginación humana. Ya no para consumirnos en la ansiedad, sino para ser capaces, recursivos y resilientes. Para ajustar las velas en la tempestad. “Algo que arruina el alma”, dijo el filósofo Séneca, “es vivir con la ansiedad de que lo que deseamos y tenemos se mantendrá hasta el final”. 

Y esto no sólo es un tema de adaptabilidad al dinamismo impredecible de la vida. Es un punto medio para aprender a disfrutar el presente sin olvidar el futuro y, también, para  seguir imaginando sin perder de vista el presente. 

Ese punto medio con el que finalmente me siento cómodo. No se trata de vivir el presente, sino de estar presente -cosas muy distintas-. Estar presente sin olvidar las cargas de lo vivido: las alegrías y tristezas, las victorias y derrotas. Estar presente sin dejar de anticipar los cambios: tener estrategias con tácticas que se van ajustando según el viento y los escollos. 

Tener pequeñas victorias cada día en vez de planes sin salida. Adaptar el rumbo y seguir. Por ahí, sin darse cuenta, uno termina disfrutando el proceso. Este proceso eterno. 

1 Comment

  1. Me encantó!!!
    Me pasa igual que me da rabia eso de vivir el presente! Porque creo que va en contravía de los sueños, de los proyectos, como uds dicen de la imaginación.
    Y he sentido que vivir el presente (como la gallina) es de cierto modo aniquilar esa imaginación!
    GRACIAS POR ESTE ARTÍCULO

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