Renacer de las cenizas

Con su piel seca y morena, y una mirada firme y serena, acercó el puño para presentarse: “Soy William, y voy a ser su guía”. Karen, que se había presentado como la guía hace menos de veinte minutos, ya no se veía por ahí. “Le tocó irse al médico”, dijo William rápidamente para que el hecho pasara desapercibido, pero al darse cuenta que ahora todo es sinónimo de Covid, sonrió tímidamente: “una úlcera”.

De niño, cuando empezaba a jornalear en Jamundí, Valle del Cauca, William Rivera no tenía siquiera una posibilidad de imaginarse que algún día estaría en el corazón de la transformación un pueblo que renacía de las cenizas.

Nacer como indígena Nasa en un resguardo del Cauca cuando la guerra en Colombia se apoderaba de esa región, era un contexto que hacía de la vida de William una destinada -exclusivamente- a intentar sobrevivir. Asesinaron a sus abuelos una noche en la que eran más duros los truenos que los sonidos de los disparos. William tenía apenas cuatro años, y su familia se vio obligada a esconderse en la intemperie de la selva por varios días.

Llegaron a Jamundí a cuidar fincas, sembrar café, y jornalear. Como muchos, William creció con una visión de mundo limitada: trabajar mientras había sol, para luego gastarse el dinero en cerveza y billares bajo la luz de la luna. La tierra en esa zona del país, sin embargo, se fue volviendo tan agria como la guerra que se vivía. “Cada vez se necesitaban más fertilizantes para que los cultivos crecieran”, recuerda William, “por eso es que mi hermano se fue al Meta: a buscar opciones”.

En el departamento del Meta, al otro extremo del país, también había presencia de indígenas Nasa. William, convencido por su hermano, migró al pueblo de Mesetas en búsqueda de tierras fértiles. Ese cambio de paisaje no sólo sacó a William de esa rutina con forma de ‘trabajo-cerveza-trabajo’, también le hizo sentir de golpe el bicho de la inquietud: esa duda que se enciende cuando uno se da cuenta que existen otras posibilidades, que hay otras versiones futuras de uno mismo con las cuales se puede coquetear. Ese bicho que pone en duda si lo que uno ha hecho toda la vida es la única opción.

En el 2005, llegó a Mesetas el hermano menor de William. A los quince días, lo asesinó el ejército. Entre la confusión de los hechos, el dolor y la decepción, William regresó a Jamundí. Regresó a ser jornalero, y jurando nunca volver a Mesetas, retomó la vieja rutina ‘trabajo-cerveza-trabajo’. Regresó, pero ya no era el mismo: sabía que esa rutina era la puerta de entrada a un estancamiento eterno.

Ese estancamiento ya no era una opción. Con una visión más amplia, supo que no podía quedarse mirando atrás. William rompió su promesa y volvió a Mesetas. Tal vez sin darse cuenta, esta vez llegó con otra mirada: la mirada hacia el futuro. La mirada de alguien que quiere construir, que quiere progresar.

No se paralizó en el 2010 cuando se lanzó por primera vez al Concejo de Mesetas y perdió. Tampoco cuando después de haber ganado, y siendo concejal, se dio cuenta que por ahí no era la vía para lograr los cambios que se imaginaba.

Cambio, ciertamente, era una palabra extraña en un pueblo como Mesetas. Un pueblo que la guerra había vuelto cenizas. Mesetas era un lugar en el que la constante era el sonido de disparos, avionetas y llantos. Una guerra fatídica entre el ejército, los paramilitares y la guerrilla. Un pueblo rodeado por la ambición que traen los cultivos ilegales de coca. Un pueblo que, aunque queda a pocos kilómetros de Bogotá, vivía una realidad desgarradora, una que las palabras no han logrado describir.

Su paso por el Concejo de Mesetas le dejó a William algo más importante que la experiencia: un amigo. Jefferson lo impulsaría a estudiar guianza turística, “así fuera por hacer algo y aprovechar el tiempo”. Sin mucha disciplina, William, tal vez más por la presión de Jefferson que otra cosa, acabó el curso. Coincidió, por suerte, con la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla.

A paso lento y dubitativo, la idea de hacer una agencia de turismo empezó a retumbar en la cabeza de Jefferson y William. Cometiendo los errores naturales de todo proyecto, finalmente parecía que habían encontrado la joya de la corona para que el negocio saliera a flote: rafting por el cañón del Guejar. El problema, claro, era que no había recursos para comprar los botes.

William Rivera sabía, dentro de lo incierto, que las maravillas naturales que rodean Mesetas eran perlas que el mundo no conocía. La guerra había nublado del mapa esas tierras olvidadas, pero ahora William intuía que en Mesetas finalmente había un atisbo que alumbraba tenuemente una palabra tan opacada como el pueblo: posibilidad. “Todo lo triste está pasando”, sostiene William, “cuando uno hace algo que le gusta -que le apasiona- uno olvida el pasado, se concentra en el presente y se proyecta hacia el futuro”.

El futuro, claro, estaba por venir. Cuando William y Jefferson habían fundado Turem, la primera agencia de turismo en Mesetas, sólo faltaban recursos económicos para comprar los botes del rafting. En ese momento, sin previo aviso, apareció una abogada que hacía más de una década había asumido el caso por el asesinato del hermano de William. “Ganaron el caso”, diría la abogada, “la sentencia declaró que el asesinato fue un falso positivo. El Estado los va a indemnizar”.

“Uno olvida el pasado, se concentra en el presente y se proyecta hacia el futuro”. La indemnización por el asesintato de su hermano fue ese grito inesperado para que Turem pudiera despegar. El fénix estalla en llamas cuando es su tiempo de morir, y después renace de las cenizas para volver a volar.

William Rivera es el corazón de un fénix que se llama Mesetas. Con su piel seca y morena, y una mirada firme y serena, William Rivera es el guía de un pueblo. Un pueblo que hoy sabe que existen los posibles. Un pueblo que hoy entiende, como diría Cervantes, que “no es posible que ni el bien ni el mal sean durables, y de aquí se desprende que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”.

Esta historia la contamos en 13%: El arte de lo posible — William Rivera.