Trabajar menos y trabajar mejor — Parte II

Por Nicolás Pinzón Guerrero

*Continuación de “Trabajar menos y trabajar mejor — Parte I

La mente humana tiende a pensar que lo que estamos viviendo y haciendo en este momento es lo que se hará siempre. Algunos científicos han llamado esto la ilusión del fin de la historia: tenemos la percepción de que hemos llegado a la cumbre de nuestro pensamiento individual y colectivo. Los romanos nunca imaginaron que un día la humanidad se movería por medio de máquinas que volaban por el mundo. Tampoco se imaginaron que íbamos a trabajar día y noche mínimo cinco días a la semana.

Por eso es linda e importante la historia: para entender la perspectiva de lo que vivimos ahora, y así pensar cómo podemos vivir a futuro. La historia narra el presente, dice Juan Esteban Constaín. Y aunque la historia es más interesante vista en milenios, también hay que saberla entender en el corto plazo. En el 2019 muy pocas empresas — casi ninguna — se atrevían a pensar que las labores del día a día de sus trabajadores se podían lograr si cada uno trabajaba virtualmente desde un lugar distinto a la oficina. Los hechos: un año después, a raíz de la pandemia del 2020, casi todas las empresas lo lograron, y probablemente la mayoría se quedarán trabajando de esa forma.

Cuando empezó la Revolución Industrial — con el desarrollo de la electricidad, las fábricas y la manufactura — los horarios laborales cambiaron sustancialmente. Empezamos a trabajar más horas que nunca antes, y hubo un tiempo en el que la regla fue trabajar los siete días de la semana. Los gobiernos primero le dieron importancia a los días dominicales, y se empezó a trabajar de lunes a sábado. Con los años, buscando humanizar el trabajo industrial, el sábado también dejó de ser un día laboral.

Llevamos cerca de un siglo trabajando cinco días a la semana. La escasez en el mundo ha disminuido sustancialmente, y cada vez más países en el mundo tienen niveles mínimos de pobreza. La conclusión inicial de esto es que los países con altos niveles de pobreza tienen el reto de trabajar más para crear más riqueza. Lo cierto, sin embargo, es que los países que menos horas trabajan a la semana, y tienen más días de vacaciones al año, son los países europeos; y lo contraintuitivo es que, correlativamente, la pobreza sigue disminuyendo, mientras la productividad está aumentando.

Las preguntas en este contexto se vuelven evidentes: ¿Realmente trabajar más horas a la semana es la vía para seguir disminuyendo la pobreza? ¿Qué pasa si empezamos a trabajar menos? Por supuesto no tengo las respuestas — no me atrevo a proponer cómo reducir la pobreza — , pero sí algunos factores importantes para abordar el problema desde el ángulo del tiempo semanal que invertimos trabajando.

La era de la economía industrial está llegando a su fin, y estamos entrando en la era del conocimiento. En pocas palabras lo que esto significa es que la inteligencia artificial, y otros desarrollos tecnológicos, están reemplazando los trabajos mecánicos que hemos hecho los humanos durante el último par de siglos. Los humanos, por lo tanto, únicamente podremos seguir aportando al desarrollo desde lo que nos hace realmente diferentes: la capacidad de crear, imaginar y resolver problemas complejos. La creatividad cada vez cobra más relevancia en el trabajo que hacemos.

Este breve análisis de la economía del conocimiento es importante porque varios estudios demuestran que el cansancio, el estrés crónico, y la ansiedad son factores que impiden la creatividad. Por el contrario, el descanso, los hobbies, y las relaciones sociales son pilares de una mente creativa. Y no se queden con la idea de que una mente creativa sólo le aplica al pintor, el músico, o el desarrollador. Una mente creativa es, dice Seth Godin, la que intenta darle solución a un problema complejo sin garantizar un resultado. En el mundo hay suficientes problemas complejos por resolver, así que todos podemos ser creativos. Todos — y así me gusta entender el trabajo — podemos ser artistas.

Si la creatividad es la joya de un buen trabajo, entonces tiene sentido trabajar menos. Hay que tener tiempo para pensar, conversar con uno mismo, hablar con otros, y explorar temas distintos al foco del trabajo. Ahí es cuando pasan las buenas conexiones neuronales. El exceso de prisa, y la vida en modo urgente, son el camino para seguir haciendo lo mismo que se ha hecho antes bajo el argumento de que así se ha hecho siempre. Pensar, a veces, también es trabajar. Presionar la tecla pausa, como dice Juan Luis Mejía.

Pero hasta acá todo suena a que hay que trabajar menos para poder ser mejores en el trabajo. Sí, ese es parte del argumento. Pero hay otra cosa: trabajemos menos porque, quizás, es posible. En Colombia, en promedio, hay diecisiete fines de semana con lunes festivo al año. Algo que me parece extraño de los festivos es que cuando es martes, y quedan cuatro días para trabajar, parece poco, pero casi siempre se logra acabar la semana satisfactoriamente. Esto me hace pensar que no pasa nada si trabajamos un día menos a la semana. Todos amamos los festivos porque podemos viajar más, tener un día adicional de descanso, y más tiempo en calma con las personas cercanas.

Desde hace un par de años algunas empresas y países han empezado a analizar y hacer pruebas de semanas de cuatro días laborales. El argumento en contra, claro, es que lo hacen empresas con mucho dinero — como Microsoft en Japón — , o países con pocos habitantes y mucha riqueza — como Islandia — . Es cierto, pero los hechos empiezan con simples quimeras.

Basecamp, por ejemplo, trabaja cuatro días a la semana durante los meses de verano en Estados Unidos. España y Holanda tienen proyectos de ley para subsidiar empresas que adopten las semanas laborales de cuatro días sin desmejorar los salarios y condiciones de sus trabajadores. Hay muchas cosas pasando alrededor del mundo, incluso en Colombia, y más allá de tener una posición definida, mi invitación es a poner el debate en boca de las empresas y el gobierno: a pensar y cuestionar por qué trabajamos tanto. Probablemente una pésima decisión sea hacer cambios drásticos de un día a otro. Pero los experimentos son posibles. La vida se trata de hipótesis puestas a prueba, no de respuestas. Yo intentaré empezar a trabajar cuatro días a la semana por un tiempo para entender si conmigo — y 13% — este esquema funciona.

Y ya sé: esto no depende de la mayoría. A veces es difícil cambiar la realidad cuando uno no puede decidir. Por eso dejo algunas ideas en el entretanto:

  1. Poner el tema de la semana laboral de cuatro días en las conversaciones diarias. Entre más se hable, menos extraño es.
  2. Aplicar el “suficiente por hoy”. Cerrar el computador a una hora específica y desconectarse.
  3. Administrar las expectativas con los jefes y, si es el caso, tener conversaciones difíciles para definir límites.
  4. Como dice Aura Cifuentes, blindar al equipo de uno en caso de tener algún rol de dirección o liderazgo.
  5. Saber que una opción es trabajar menos. Es una opción, y nunca hay que olvidarla.

Para trabajar menos, sin duda, hay que aprender a trabajar mejor. De eso escribiré en la siguiente parte de esta mini saga.

Algunos recursos recomendados:

 

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