Trabajar menos y trabajar mejor

Por Nicolás Pinzón

“La vida”, dice Jason Fried, “se ha vuelto las migas que quedan del trabajo”.

Parece que la religión predominante de los últimos años es el culto al trabajo. Vivimos en una sociedad en la que trabajar muchas horas a la semana es equivalente a conseguir una medalla de honor: un símbolo de estatus social. Pensamos que el trabajo que hacemos es lo más importante de nuestra vida, y por esa razón debemos destinar la mayor parte de nuestro tiempo a trabajar.

Una cultura así hace que las expectativas respecto del trabajo sean demasiado altas. Nos estamos obsesionando — religiosamente — con darle un propósito muy elevado al trabajo que hacemos. Somos adictos a la búsqueda de algún propósito. Esa búsqueda que es tan importante como peligrosa.

El trabajo es una forma fascinante de poner a prueba el potencial humano y ensanchar la experiencia de estar vivo. Viktor Frankl dice que el trabajo es una de las vías para darle verdadero sentido a la vida. Por medio del trabajo, el ser humano es capaz de expandir una de sus características esenciales: la posibilidad de crear lo que un día fue sólo imaginación. La historia sería otra sin las obras artísticas, los desarrollos científicos, la solución a problemas complejos, o los avances tecnológicos. El trabajo, bien direccionado, es la base del progreso.

Las culturas empresariales, sin embargo, se han vuelto sofocantes. Cerca del 87% de los trabajadores en el mundo no sienten satisfacción y motivación con lo que hacen. De hecho, la sensación general es el exceso de estrés y ansiedad. La fatiga crónica — o burnout — es una constante en los ambientes laborales. A eso se le suma el hecho de que el estatus se mide por las horas de trabajo diarias, justificadas, muchas veces, por un propósito por el cual uno debe esforzarse para conseguir esa anhelada satisfacción por lo que se hace.

Es una situación compleja: la posibilidad de que una persona pueda ensanchar la experiencia humana por medio del trabajo se ve opacada por la forma en que nos acostumbramos a trabajar. Es extraño que la era de la humanidad de mayor abundancia, sea también en la que más tiempo estamos trabajando semanalmente. En 1930, John Maynard Keynes predijo que dos generaciones después de él tendrían tanta abundancia que en promedio una persona sólo tendría que trabajar quince horas semanales. La predicción respecto de la abundancia resultó cierta, pero, paradójicamente, las horas de trabajo aumentaron.

Cada vez hay más evidencia que muestra que la conectividad instantánea que se deriva de las nuevas tecnologías ha hecho que las culturas laborales sean (i) más demandantes en tiempo, y (ii) menos productivas a nivel individual. El trabajador promedio está todo el día pendiente de los mensajes y las llamadas — a veces incluso los días no laborales — , y el resultado de eso es que disminuye la concentración y productividad en las labores diarias. El tiempo ajeno no se respeta y las interrupciones son la regla.

Hay una conclusión evidente de esto que parece no ser evidente en los ambientes laborales: más horas de oficina no significa más horas de trabajo efectivo. Puede haber tiempo invertido, pero eso no significa, necesariamente, ni avance, ni mejores resultados, ni mejor calidad. Si fuera por horas de oficina, probablemente Colombia sería uno de los países más ricos del mundo. No lo es.

Conciliar la importancia del trabajo en la vida y los obstáculos para que éste sea satisfactorio no es tarea fácil, pero un factor esencial que hay que evaluar es la forma en la que trabajamos. Trabajamos mal. Con sueño, estresados, ansiosos, y con interrupciones frecuentes. Perdemos tiempo en tareas inútiles. Pasamos tiempo, pero no avanzamos: no trabajamos de verdad.

En culturas así es poco probable que el propósito del gerente o el fundador de una empresa sea aplicable, o siquiera comprensible, por los miembros de esa empresa. No hay líder que logre permear un mensaje si el grupo que lidera vive crónicamente estresado, angustiado y cansado. Hay una obsesión por el propósito y la pasión en el trabajo, pero es imposible que eso se vea en la práctica cuando en el día a día sólo queremos dejar de trabajar para poder descansar y estar tranquilos con nuestros amigos y familiares.

Es un ciclo vicioso: se habla de la importancia de la satisfacción laboral, se trabaja de una forma inhumana que hace que sólo quede la resignación hacia el trabajo, y uno se siente un perdedor por no tener propósito en el trabajo. Mi propuesta para romper este ciclo: trabajar menos y trabajar mejor.

Trabajar menos

La mente humana tiende a pensar que lo que estamos viviendo y haciendo en este momento es lo que se hará siempre. Algunos científicos han llamado esto la ilusión del fin de la historia: tenemos la percepción de que hemos llegado a la cumbre de nuestro pensamiento individual y colectivo. Los romanos nunca imaginaron que un día la humanidad se movería por medio de máquinas que volaban por el mundo. Tampoco se imaginaron que íbamos a trabajar día y noche mínimo cinco días a la semana.

Por eso es linda e importante la historia: para entender la perspectiva de lo que vivimos ahora, y así pensar cómo podemos vivir a futuro. La historia narra el presente, dice Juan Esteban Constaín. Y aunque la historia es más interesante vista en milenios, también hay que saberla entender en el corto plazo. En el 2019, muy pocas empresas — casi ninguna — se atrevían a pensar que las labores del día a día de sus trabajadores se podían lograr si cada uno trabajaba virtualmente desde un lugar distinto a la oficina. Los hechos: un año después, a raíz de la pandemia del 2020, casi todas las empresas lo lograron, y probablemente la mayoría se quedarán trabajando de esa forma.

Cuando empezó la Revolución Industrial — con el desarrollo de la electricidad, las fábricas y la manufactura — los horarios laborales cambiaron sustancialmente. Empezamos a trabajar más horas que nunca antes, y hubo un tiempo en el que la regla fue trabajar los siete días de la semana. Los gobiernos primero le dieron importancia a los días dominicales, y se empezó a trabajar de lunes a sábado. Con los años, buscando humanizar el trabajo industrial, el sábado también dejó de ser un día laboral.

Llevamos cerca de un siglo trabajando cinco días a la semana. La escasez en el mundo ha disminuido sustancialmente, y cada vez más países en el mundo tienen niveles mínimos de pobreza. La conclusión inicial de esto es que los países con altos niveles de pobreza tienen el reto de trabajar más para crear más riqueza. Lo cierto, sin embargo, es que los países que menos horas trabajan a la semana, y tienen más días de vacaciones al año, son los países europeos; y lo contraintuitivo es que, correlativamente, la pobreza sigue disminuyendo, mientras la productividad está aumentando.

Las preguntas en este contexto se vuelven evidentes: ¿Realmente trabajar más horas a la semana es la vía para seguir disminuyendo la pobreza? ¿Qué pasa si empezamos a trabajar menos? Por supuesto no tengo las respuestas — no me atrevo a proponer cómo reducir la pobreza — , pero sí algunos factores importantes para abordar el problema desde el ángulo del tiempo semanal que invertimos trabajando.

La era de la economía industrial está llegando a su fin, y estamos entrando en la era del conocimiento. Lo que esto significa es que la inteligencia artificial, y otros desarrollos tecnológicos, están reemplazando los trabajos mecánicos que hemos hecho los humanos durante el último par de siglos. Los humanos, por lo tanto, únicamente podremos seguir aportando al desarrollo desde lo que nos hace realmente diferentes: la capacidad de crear, imaginar y resolver problemas complejos. La creatividad cada vez cobra más relevancia en el trabajo que hacemos.

Entender esto es importante porque varios estudios demuestran que el cansancio, el estrés crónico, y la ansiedad son factores que impiden la creatividad. Por el contrario, el descanso, los hobbies, y las relaciones sociales son pilares de una mente creativa. Y no se queden con la idea de que una mente creativa sólo le aplica al pintor, el músico, o el programador. Una mente creativa, dice Seth Godin, es aquella que intenta darle solución a un problema complejo sin garantizar un resultado. En el mundo hay suficientes problemas complejos por resolver, desde muchos ángulos y disciplinas diferentes. Todos podemos ser creativos. Todos — y así me gusta entender el trabajo — podemos ser artistas.

Si la creatividad es la joya de un buen trabajo, entonces tiene sentido trabajar menos. Hay que tener tiempo para pensar, conversar con uno mismo, hablar con otros, y explorar temas distintos al foco del trabajo. Ahí es cuando pasan las buenas conexiones neuronales. El exceso de prisa, y la vida en modo urgente, son el camino para seguir haciendo lo mismo que se ha hecho antes bajo el argumento de que así se ha hecho siempre. Pensar, a veces, también es trabajar. Presionar la tecla pausa, como dice Juan Luis Mejía.

Pero hasta acá todo suena a que hay que trabajar menos para poder ser mejores en el trabajo. Sí, ese es parte del argumento. Pero hay otra cosa: trabajemos menos por el simple hecho de que, quizás, es posible. En Colombia, en promedio, hay diecisiete fines de semana con lunes festivo al año. Algo que me parece extraño de los festivos es que cuando es martes, y quedan cuatro días para trabajar, al principio parece poco, pero casi siempre se logra acabar la semana satisfactoriamente. Esto me hace pensar que no pasa nada si trabajamos un día menos a la semana. Todos amamos los festivos porque podemos viajar más, tener un día adicional de descanso, y más tiempo en calma con las personas cercanas.

Desde hace un par de años algunas empresas y países han empezado a analizar y hacer pruebas de semanas de cuatro días laborales. El argumento en contra, claro, es que lo hacen empresas con mucho dinero — como Microsoft en Japón — , o países con pocos habitantes y mucha riqueza — como Islandia — . Es cierto, pero los hechos empiezan con simples quimeras.

Basecamp, por ejemplo, trabaja cuatro días a la semana durante los meses de verano en Estados Unidos. España y Holanda tienen proyectos de ley para subsidiar empresas que adopten las semanas laborales de cuatro días sin desmejorar los salarios y condiciones de sus trabajadores. Hay muchas cosas pasando alrededor del mundo, incluso en Colombia. Más allá de tener una posición definida, mi invitación es a poner el debate en boca de las empresas y el gobierno: a pensar y cuestionar por qué trabajamos tanto.

El británico Cyril Parkinson escribió en 1957 que “el trabajo se expande para llenar el tiempo disponible”. Tuvo tanta resonancia que se acuñó como la “Ley de Parkinson”. Si uno asigna ocho horas a tareas que pueden tomar tres horas, el trabajo se expandirá para rellenar el tiempo disponible. Si uno asigna cuarenta y ocho horas a la semana para el trabajo, éste se expandirá para rellenar el tiempo. Y puede que sí requiera ese tiempo, pero es importante preguntárselo, y entender si realmente se necesitan tantas horas de oficina. Más adelante profundizaré en el “se necesitan”, porque tal vez ahí está la clave.

Probablemente una pésima decisión sea hacer cambios drásticos de un día a otro. Mi recomendación es que ninguna empresa decida impulsivamente que desde la próxima semana se trabajará cuatro días. Por el contrario, los experimentos son posibles. La vida se trata de hipótesis puestas a prueba, no de respuestas absolutas. Yo intentaré empezar a trabajar cuatro días a la semana por un tiempo para entender si conmigo — y 13% — este esquema funciona.

Y ya sé: esto no depende de la mayoría. A veces es difícil cambiar la realidad cuando uno no puede decidir. Por eso dejo algunas ideas en el entretanto:

  1. Poner el tema de la semana laboral de cuatro días en las conversaciones diarias. Entre más se hable, menos extraño es.
  2. Aplicar el “suficiente por hoy”. Cerrar el computador a una hora específica y desconectarse.
  3. Administrar las expectativas con los jefes y, si es el caso, tener conversaciones difíciles para definir límites.
  4. Como dice Aura Cifuentes, blindar al equipo de uno en caso de tener algún rol de dirección o liderazgo.
  5. Saber que una opción es trabajar menos. No hay que olvidarlo.

Trabajar mejor

La solución para ponerle un límite a la cultura del cansancio en la que vivimos, no puede ser sólo trabajar menos. Hay que aprender a trabajar mejor. La idea errónea que podría quedar con trabajar menos es volverse mediocre, o trabajar extremadamente rápido. Sin embargo esto no es sólo cuestión de ser eficientes, también — y especialmente — es cuestión de ser eficaces. La eficiencia está sobrevalorada, mientras que la eficacia cada día cobra más valor. Ya no vale sólo cumplir, ahora también es necesario — y verdaderamente satisfactorio — tener injerencia real en el mundo.

No se trata de lograr más tareas en menos tiempo; se trata de enfocarse en lo que verdaderamente importa para cada uno. Lo esencial, dice Greg McKeown, es lo que uno encuentra que es vital en el problema que se quiere solucionar. Definir eso que es esencial es una tarea prioritaria para cada persona y empresa.

Por medio de una exploración intencionada (un choque reflexivo con el mercado), es posible entender el punto de encuentro entre los intereses, las fortalezas, y las necesidades del mundo. Con esto medianamente claro — porque probablemente nunca se tendrá absoluta claridad — lo que queda es lo más difícil: decirle que sí solamente a eso que es esencial, y paulatinamente eliminar el resto.

Para trabajar mejor, lo primero es enfocarse en eso que es esencial. Somos expertos en desperdiciar energía, tiempo, atención y dinero. Ser consciente de todo el desperdicio, y tener el coraje para eliminarlo, es el mayor amplificador de tiempo y resultados. Por eso este tema es, principalmente, una cuestión de restar, no de sumar. Es decir, de escogencias: escoger hacer las tareas correctas, en el momento correcto, y por las razones correctas. La vida en modo automático puede parecer la vía para evitar angustias a corto plazo, pero siempre será insostenible a largo plazo.

La conversación con uno mismo es fundamental para entender realmente qué es esencial, y, por lo tanto, en qué debe estar el foco del tiempo propio. Greg McKeown describe lo esencial como una disciplina, no como un momento de epifanía en la mediana edad. Esto quiere decir que una mentalidad esencialista es iterativa: un juego infinito en el que, diría Alejandro Salazar, se analiza lo que emerge según lo que uno hace. La mentalidad esencialista es enfocada, pero eso no quiere decir que abandone las buenas costumbres evolutivas de la adaptación, la flexibilidad, y la resiliencia.

Richard Koch hizo un profundo análisis de un principio de la vida que él encontró relevante, y que es útil para definir lo que es esencial. El 80% de los resultados, dice Koch, se derivan del 20% de los esfuerzos que hacemos a diario. El Principio 80/20 — o Ley de Pareto — es una forma de analizar lo que hacemos en relación con el impacto que genera. Los humanos tendemos a desperdiciar el 80% de nuestros esfuerzos. La clave, en ese proceso de conversación con uno mismo, es visualizar y apalancar el 20% de lo que genera el 80% de los resultados, y así enfocarse, esencialmente, en ello.

Ya sé: probablemente para algunos la expectativa de este artículo era que yo les diera los hacks y métodos para ser más productivos. Un decálogo sobre manejo de tiempo y fórmulas de productividad. Existen algunas tácticas para trabajar mejor, claro, pero nada de eso importa si no se pone en duda la razón para estar hablando de esto.

La productividad no es evacuar tareas lo más rápido posible. Tampoco es un fin en sí mismo. No es cuestión de repetir métodos que los falsos profetas replican. Pensar en productividad es útil cuando se entiende como un medio para hacer un trabajo valioso, y de paso — porque no es mutuamente excluyente — , disfrutar la vida más allá del trabajo: las relaciones sociales, los hobbies, y todo lo que para uno es importante. En últimas, para trabajar de verdad, y que lo que sobre no sólo sean las migas de la vida.

Recientemente con Andrés Acevedo nos pusimos en la tarea de entender, más allá de la mentalidad esencialista, qué tácticas nos han servido para trabajar mejor. Acá algunas ideas:

Acumular tareas: es distinto lavar la ropa sucia todos los días, a dejar que se acumule y lavarla toda sólo un día a la semana. Algo parecido puede pasar con muchas tareas diarias: responder correos, organizar las finanzas, organizar las publicaciones en redes sociales de la empresa, en fin.

Manejar la energía, no el tiempo: si uno es más creativo por las mañanas, entonces esas son las horas para hacer lo importante. Esto implica no tener reuniones, no hacer tareas mecánicas, y evitar distracciones del día a día. Ya por la tarde, cuando la cabeza apague su botón creativo, es momento de hacer estas otras cosas. Puede ser al revés, o en distintos momentos, y por eso también hay que entender uno cómo funciona. No se trata sólo de ponerse una lista de cosas por hacer y empezar a hacerlo: también hay que entender cuándo hacer cada cosa. El tiempo está ahí corriendo siempre, la energía no.

Delegar. Yo no soy bueno en temas de diseño, y no me interesa serlo. Esto es algo que yo debo delegar. Hay tareas que importan para el proyecto propio, pero para las que uno no es bueno (y no quiere serlo). Poco a poco toca buscar cómo delegar estas tareas.

Automatizar. Cuando creamos 13% Sin atajos la primera idea fue montar un sistema de suscripción de membresías en nuestra página. Esto ya está inventado en otras plataformas como Patreon. La comisión es más alta, pero uno evita muchos problemas y decisiones. Muchas cosas ya están inventadas y hacerlas de cero es un esfuerzo que se puede evitar. Para eso está la tecnología. (Un gran libro para profundizar este tema es The 4-Hour Workweek de Tim Ferris).

Cuello de botella. Muchas veces a uno le dicen que algo es urgente y parece que depende de uno. Hay un arte que es bueno aprender a desarrollar y discernir: ignorar por un tiempo. Con frecuencia eso que era tan urgente se soluciona “solo”. A veces uno es quien tapa el cuello de la botella sin darse cuenta. Las personas tienen la capacidad de resolver problemas, autonomía y agencia. No todo depende de uno (muy pocas cosas realmente son urgentes y realmente dependen de uno).

Mejorar la comunicación. Una buena comunicación evita muchos problemas y retrocesos posteriores. En Basecamp, cuando hay dos perfiles muy similares, escogen para su empresa a quien mejor se comunique: quien mejor logre explicar algo. Cuando le preguntamos a Alejandro Gaviria cuál es una habilidad que se debe priorizar para lo que venga en el futuro, dijo que la buena comunicación. (Esta guía de comunicación interna de Basecamp me fascina).

Dormir. Lo que yo llamo el único hack que realmente sirve: dormir.

Puede haber otras tácticas, por supuesto, y éstas deben ir acompañadas de buenos hábitos. En mi caso me sirve hacer deporte, escribir y leer. Son espacios en los que tengo conversaciones conmigo mismo para seguir progresando, entendiendo, aprendiendo, y desaprendiendo. Esto ha hecho que cada día me enfoque más en lo que para mí es esencial. Ese foco no sólo tiene buenos resultados en lo que uno hace, sino que deja espacios para disfrutar la vida de otra manera. Enfocarse en lo esencial es una disciplina titánica, y por eso mismo es tan necesaria. Es la base de las decisiones difíciles que uno eventualmente debe tomar. “Decisiones complejas, vida simple; decisiones simples, vida compleja”, dijo Jerzy Gregorek

Para mí, esa es la función de la productividad: estirarme en mi trabajo, sin sacrificar la vida. Trabajar para solucionar problemas de manera creativa, y ensancharme como persona. Trabajar menos y trabajar mejor.