La teoría de esfuerzos acumulados (TEA)

Por Andrés Acevedo*

Empezar de ceros. Tal vez la mentira que más se repite en las conversaciones a las que da origen una quiebra, un cambio de carrera, o un trabajo en una nueva industria. Es el temor elemental de haber perdido el tiempo. Y tal es su potencia que es capaz de disuadir de hacer un cambio a quien sabe estar en el lugar equivocado. Preferible languidecer en lo conocido, en aquello a lo que ya mucho tiempo se le ha invertido, que aventurarse hacia lo desconocido. Es el terrible refrán de “mejor malo conocido que bueno por conocer”. Hay que decirlo: languidecer tendría sentido de no ser porque la idea de empezar de ceros es una mentira.

No, el ejecutivo petrolero que hace la transición a la industria de las telecomunicaciones no está empezando de ceros. Todo lo aprendido, los esfuerzos emprendidos, los esquemas de pensamiento que se fraguaron lentamente bajo el trajín de la experiencia, todo eso permanece. En el ámbito laboral sí que es cierto aquello de que “la energía no desaparece, sino que se transforma”. Dilapidar la experiencia no es tarea fácil. Basta recordar la idea tan sencilla de Mario Sergio Cortella, “nosotros hacemos el trabajo, pero, en cierto sentido, el trabajo también nos hace”. De vivir, podríamos decir, no hay vuelta atrás.

La angustia, no obstante, está. La ejecutiva que se quita los tacones para emprender no deja de sentir temor. ¡Qué lástima que todos esos meses aprendiendo a navegar la burocracia, apaciguando malos jefes, haciendo méritos para escalar y, tal vez lo peor, asumiendo el lenguaje acartonado de oficina, se vayan al traste!

Es, en parte, una cuestión psicológica. Ya Kahneman y compañía nos habían advertido sobre la falacia del costo hundido. Entre más minutos aguardamos en fila, menos dispuestos estamos a cambiarnos a la del lado. Incluso cuando la cajera del lado le imprime ritmo y hace que aquella fluya más, una especie de fuerza invisible nos mantiene estáticos en la nuestra que, aunque estancada, no deja de ser la nuestra. Y sucede también estando sentados. Como cuando nos sentamos en el casino y la maquina tragamonedas ejerce su fuerza gravitacional mientras vacía nuestras billeteras. Entre más monedas hemos botado —difícilmente podríamos usar el verbo invertido— más amarrados estamos a la cojinería.

Las posibles pérdidas nos disuaden más de lo que las posibles ganancias pueden motivarnos, y, en consecuencia, preferimos proteger las inversiones hechas que perseguir nuevas riquezas. Los costos hundidos—los minutos en fila, los años en la carrera de medicina, los 100 mil que ya se han ido apostándole al ‘10’ negro en la ruleta—, nos piden perpetuar la inercia. No importa si es evidente que lo conveniente sea alterar el rumbo: ¿Qué tal que, una vez cambiemos de fila, la que estaba estancada empiece a moverse a toda velocidad como vengándose de nuestra vil infidelidad?

Es también un lío filosófico. La expectativa de que nuestras acciones conduzcan a un resultado determinado no es un asunto menor. Es la idea de agencia de la que hablan los economistas, según la cual los individuos tienen la capacidad de incidir en la realidad, de moldear el futuro. Así sea su futuro: el estudiante se ha internado en su dormitorio durante dos semanas seguidas, repitiendo ropa y siguiendo una estricta dieta de arroz y lentejas. Su dedicación a la última prueba que le resta para graduarse es absoluta. Llega el día decisivo —de ahí viene día ‘D’, ¿sabían?*— y el estudiante pierde el examen.

¿Han sido en vano esas dos semanas de ascetismo extremo? Para el doliente, que apenas procesa su duelo, sin duda lo han sido. La sombra de la duda se expande más allá de la decisión de emprender el encierro ascético y se posa sobre un asunto existencial: ¿será que el hombre sí está en control de su vida?

Roto el vínculo de causalidad entre acción y logro, vale preguntarse si de algo sirve intentar. Tal vez la idea de agencia existe. Pero para otros. El flujo del pensamiento lleva al estudiante a meditar aquel pasaje del Libro del desasosiego de Pessoa: “Si los hombres supiesen meditar el misterio de la vida, si supiesen sentir las mil complejidades que acechan al alma en cada pormenor de la acción, no actuarían nunca, incluso no vivirían”. Al menos los que viven sin intención, los autómatas que operan en piloto automático, al menos ellos no tienen que sufrir la decepción: todo para ellos ocurre tal como debe ocurrir.

El esfuerzo sobrehumano del estudiante ha sido en vano y lo ha convencido de que para quien fracasa no hay recompensa alguna.

La conclusión parece sostenerse. Finalmente, recompensa y logro van de la mano. Y como en las hojas de vida figuran los logros, no los intentos, entonces sí: su esfuerzo de nada ha servido.

Breve historia de mi vida: desde que renuncié a ejercer como abogado, me pregunto si perdí esos cinco años de estudios. Hasta hace poco mi respuesta era que sí. Como no hay relación evidente entre lo que hice entonces con lo que hago hoy, entonces aquello fue tiempo perdido.

Pero recientemente comprendí. Entendí al fin de qué habían servido esas 16.000 paginas de prosa insulsa. En derecho, las formas dan vida a la sustancia. Por ejemplo, la precisión en el lenguaje es fundamental. No se trata apenas de un tema estético: para poder generar un efecto en el mundo jurídico, se deben usar las palabras precisas. Es una especie de ritual en el que solo las palabras correctas invocan la aparición del espíritu. No hay chance, como en la cocina, de saltarse un par de ingredientes: las recetas en derecho son sagradas.

Hay palabras que pesan más que las demás y cuya aparición en una demanda genera un resultado sustancial en el proceso. Y así como no todas las palabras son iguales, no todas las situaciones importan. Hay hechos que, aunque hacen parte de una secuencia de acciones que llevaron a una eventual demanda, no son relevantes desde el punto de vista jurídico. Su acaecimiento no basta para incidir en el caso que va a decidir el juez. Ser abogado es, entonces, saber discernir entre aquello que es accesorio y aquello que es verdaderamente relevante y, una vez identificado lo último, comunicarlo en unas fórmulas, en secuencias de palabras precisas, escogidas intencionalmente, que convenzan al lector de que una consecuencia debe sentenciarse.

Suena, lo admito, como algo propio del universo abogadesco. Encerrado en los confines de la práctica legal, sin aplicación por fuera de él. Pero recientemente he advertido que esos años de entrenamiento en llamémoslo precisión jurídica han moldeado mi estructura de pensamiento y —aquí lo bueno— me han servido en lo que hago hoy. Y es que, así como resolver problemas jurídicos no es posible sin rigor en las formas, el ejercicio de explorar y comunicar problemas del mundo —como el del 13%— naufraga si se aborda con vaguedad e imprecisión.

La importancia de las formas para aproximarse a tratar problemas del mundo real. Quién lo iba a creer. He ahí un caso, algo abstracto es cierto, de la teoría de esfuerzos acumulados (TEA).

La TEA afirma que del bagaje no es posible desprenderse. Que las habilidades fraguadas en esa burocracia insufrible no se evaporaron con el cambio de trabajo. Que el conocimiento adquirido en esas dos semanas de arroz y lentejas no se esfumó junto con las ilusiones de aprobar el examen. Que los costos hundidos pueden salir a flote porque no existe cosa tal como el borrón y la cuenta nueva. Se puede borrar mucho, pero la cuenta nunca llega a ceros. Los esfuerzos, particularmente aquellos que nacen de la intención, no se esfuman, se acumulan.

 

*Obvio no.