Trabajar es morir

Por Andrés Acevedo

Hay para quienes el trabajo es la muerte. Y no estoy tomándome licencia para especular sobre la vida de la gente. Hablo de la mía. Bueno: de mi vida pasada.

Se trataba de mi primer trabajo y lo que más disfrutaba de él era el viernes en la tarde cuando por fin salía de la oficina y, como quien es liberado tras un largo cautiverio, aprovechaba el viento frío que me pegaba en la cara para cerrar los ojos y suspirar. La dicha de la liberación —que los dueños de los bares han sabido capitalizar con la institución del Happy Hour— se desvanecía a medida que pasaban las horas y se acercaba la tarde del domingo, que, cuando inevitablemente llegaba, traía consigo la angustia existencial. Era bajo esa última luz del último día cuando constataba que no bastaba un fin de semana de dispersión para soportar una semana más de tedio. Una más. ¿Cuántas más?

Ninguno de mis intentos por reducir el tedio lograban aplacar la neurosis del domingo. Ni ponerle actitud positiva al asunto, ni ir al gimnasio a primera hora para llegar vitalizado a la oficina, ni hacer pausas activas (más de las que un gerente sensato permitiría). Nada funcionaba: trabajar no era vivir; a veces —y para mucha gente esto es cierto— trabajar es morir. Una muerte lenta entre lunes y viernes, dijo alguna vez el reportero Studs Terkel.

En parte por ese mal debut en el mundo profesional, me fui de mochilero a Europa. Allá conocí a Aron, mi segundo jefe. Si trabajar es morir, entonces lo que él me proponía era madrugar a morir. Aron era británico y la suya, más que una vida, había sido una travesía. A punta de aventones, había recorrido los más de 7500 km que separan a la madre Inglaterra con la hija emancipada, India. Le tomó varios años concluir el recorrido y se vio obligado a ganarse el pan con el sudor de su frente. Y no es un decir: con pan le pagaban por el esfuerzo físico que desplegaba. Con el sudor de su frente, Aron humedeció viñedos italianos y franceses, a cambio de un poco de pan y mucho vino. Allá aprendió a hacer vino, arte que dominó con tal destreza que, años después, sembraría su propio viñedo en Hungría.

El trabajo en el viñedo más que tedioso es arduo. Un ardor que hierve en las sienes cuando lo que era sudor se ha convertido en sal y la frente salada sigue sometida ante los rayos de sol, que no cesan. Así de despiadado es el verano húngaro y, en parte por eso, Aron me sugería madrugar a morir. «Si empezamos a trabajar a las 6 am, a eso del medio día seremos libres». Claro que no era realmente una sugerencia; de la boca de Aron salían disparadas órdenes o afirmaciones, nunca hipótesis ni especulaciones. Aron no era el marinero obediente que sigue las indicaciones de su capitán: él era el capitán, solo que, a juzgar por su joroba, lo que comandaba era un barco pirata. La joroba era testimonio de una vida de agacharse: agacharse para mezclar la música —Aron era DJ—, agacharse para probar la salsa del Masala Dosa —Aron era chef vegetariano—, agacharse para recolectar las uvas de su viñedo. La joroba representaba el tipo de trabajo que Aron había realizado a lo largo de su vida, el trabajo bíblico por excelencia: «te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado». Su joroba era el precio que pagaba, en nombre del resto de nosotros, por nuestro destierro del Paraíso.

El glamur de decirles a mis amigos que trabajaría en un viñedo que quedaba en uno de los seis volcanes que rodean el lago Balatón, el más grande de Europa, no tenía nada que ver con la realidad de la labor que me correspondía. Faltaban todavía meses para la cosecha, y aunque ya estaban los racimos —y a los ojos de un desconocedor parecían estar maduros—, primero había que deshojar las viñas. El exceso de hojas le roba nutrientes al racimo y, si no se quitan, peligra la calidad del vino. Mi trabajo, como pueden ver, era esencial. Y era tan esencial como repetitivo. La misma presión entre pulgar y anular para engarzar la hoja y la misma rotación de hombro para halarla. Los movimientos mecanizados y, en cuestión de días, perfeccionados, hacían de mí un autómata que se desplazaba en cuclillas a lo largo de una fila interminable —realmente interminable— de viñas. Todo eso bajo el sol insoportable del verano húngaro. Ese, más que un trabajo, era una verdadera labor. Una labranza, en su sentido puro y duro.

Tal era el desgaste en el viñedo, que mi recuerdo más nítido fue de la vez que me encontré con un árbol de duraznos. Ante mis ojos, picantes de sudor, esas no eran frutas, sino cantimploras. Su carne amarillenta me tenía sin cuidado, yo iba a por sus jugos. De haber andado con mi retratista oficial —¿ustedes no tienen uno?—, la escena con la que me habría inmortalizado me mostraría frente al árbol desnudo —desnudo el árbol (no quedó ni un durazno)— y el piso repleto de frutos a medio morder y a pleno disecar, y en el centro yo, con los ojos cerrados como rendido ante la gracia que Dios con esos duraznos me había otorgado —te ganarás el sudor de tu frente, pero no te harán falta duraznos—. También, en la cara, se me podía percibir la satisfacción de quien ha terminado su jornada antes del peor sol de todos, el del mediodía.

Aron, el pirata-DJ-chef vegetariano, tenía razón: la libertad estaba reservada para aquellos que madrugaban a trabajar.

El trabajo, aprendí con Aron, era laborioso —trabajoso— pero no tenía que sentirse como la muerte. Lejos estaba la neurosis de domingo de aquellos campos húngaros. El trabajo desgastaba, y no era particularmente agradable, pero no mataba el alma.  Era un sacrificio, sin duda, pero uno cuyos frutos se percibían pronto: generalmente, cuando el reloj daba los doce. A partir de ese momento, el trabajo —el sacrificio— abría ya no las puertas del cielo, pero si las del mundo de los placeres: las del vino y la conversación, las de la contemplación de lagos y volcanes, y las del rojo atardecer del cielo húngaro que parecía arder con tanto o más fervor que el sol de mediodía.

 

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