Yo también me quiero jubilar

Por Nicolás Pinzón

Cuando entrevistamos a Alberto Naisberg en 13%, ya había cumplido 30 años de jubilado. Yo no he cumplido 30 años de haber nacido, y Alberto ya lleva 30 años recibiendo pensión. Cuando uno piensa en una persona de 95 años, la imagen inmediata es un anciano con poca movilidad corporal, mucha sabiduría en la cabeza, rodeado de su familia, y alejado de las típicas preocupaciones de la persona moderna.

Así también es Alberto, pero él tiene un ingrediente adicional: sólo la muerte lo va a hacer morir. Ya sé que suena raro, pero después de que hablamos entendí que incluso yo estoy más muerto que él. O bueno, menos vivo.

No creo que haya una persona mayor de 25 años que no se haya imaginado cómo sería la vida si el trabajo no existiera. Es una idea que cobra relevancia con los debates sobre la renta básica universal, y la idea de que estamos en un mundo con cada vez mayor abundancia y generación de riqueza que ha reducido las necesidades básicas humanas a índices nunca antes vistos. El esfuerzo y la energía del trabajo se delegaría a las máquinas, para que la humanidad entera pueda vivir una jubilación temprana entregada al ocio.

Esta utopía (o distopía) puede sonar como un absurdo, pero abre un debate inquietante respecto de la función del trabajo en la naturaleza humana. No sé —ni quiero saber— si llegaremos a ese punto como especie, pero muchas veces las quimeras esconden preguntas esenciales. Si el trabajo fuera sólo una transacción de tiempo a cambio de dinero, el tema sería sencillo: esperemos con ansias la anhelada jubilación, o la renta básica universal, para dejar de trabajar lo antes posible. Si el trabajo es un poco más que eso, la cosa se pone buena.

Para Alberto Naisberg, definitivamente el trabajo es mucho más que una transacción de tiempo a cambio de dinero. Para él, es un tema existencial: su forma de combatir la incertidumbre cósmica es tener en su cerebro cada día algún conocimiento nuevo, y hacer algo con ello. Aprender algo, pensarlo, y manifestarlo en el mundo, es la forma en que uno se mantiene activo; y sólo se mantiene vivo, dice Alberto Naisberg, quien se mantiene activo.

Esa fue la mentalidad que llevó a Alberto a crear una consultora a los 65 años después de que lo jubilaron. Alberto necesitaba seguir manifestando en el mundo los saberes de su oficio para mantenerse vivo. No fue un capricho de la crisis de los 70 —que debe existir—. A los 95 años Alberto sigue aprendiendo, pensando y haciendo. Cuando lo entrevistamos nos contó que hace poco había creado un proyecto de diseño con dos personas de 25 años y una de 50. Unos meses después me lo encontré en un curso virtual y, de lejos, era el alumno más atento.

Puede sonar simplemente como una historia de un viejo tierno que uno admira, pero yo creo que va más allá de eso. Alberto entendió que estar activo es parte de la esencia humana. Es una forma de canalizar la energía que tenemos biológicamente. Es desplegar eso que uno absorbe para manifestarlo en el mundo. Esa mirada hacia el trabajo es radicalmente más entretenida y esencial que lo que se ha impuesto en el imaginario colectivo: una mera transacción de tiempo a cambio de dinero.

Por supuesto que el ingreso mensual importa —trabajar también es generar riqueza—, pero me atrevo a decir que la vida sin trabajar sería tremendamente aburrida. Aunque soy un defensor despiadado del ocio, las vacaciones, y el tiempo de dispersión, también creo en el rol fundamental del trabajo para la vida. Es la forma de mantenerse activo al manifestar algo en el mundo. Es, tal vez, nuestra forma de fotosíntesis: no podemos sólo absorber, también tenemos que expeler para no morir.

Yo también me quiero jubilar, o al menos quiero tranquilidad financiera. Lo que no quiero es retirarme. Quiero ser como Alberto Naisberg que sigue inventándose proyectos para mantenerse vivo al mantenerse activo. La muerte puede estar antes de la muerte. La muerte está en la profunda inactividad y el exceso de quietud. Simplemente va en contra de nuestra naturaleza que busca el eterno cambio y el flujo permanente.

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