Desdén por el trabajo

Por Andrés Acevedo

Recuerdo la primera vez que lo sentí. Estaba sentado en un café. En realidad en una cafetería: uno el café lo asocia con el aire libre, con la bulla de la rutina de la ciudad que se filtra entre las conversaciones de las mesas aledañas, con el movimiento de meseros cuya función es retirar, servir, servir, retirar. Digo que esta era una cafetería y no un café pues más que aire libre, había aire condensado, tal vez incluso humos tóxicos, y había humos porque más que rendir homenaje a alguna tradición gastronómica que el lector nostálgico asociará con París, este establecimiento rendía homenaje a la Revolución Industrial y las fábricas. Allí el pan no se maduraba, se producía; y si en el café las conversaciones indistinguibles y el baile de los meseros sirven de distracción, en esta cafetería claustrofóbica y silenciosa nada me distraía de mi único pensamiento: ya casi me toca subir a trabajar.

La llamada entró cuando no había terminado el croissant. No tenía que contestar para saber de qué se trataba: mi jefe estaba preguntando por mí. No lo culpo: si a las diez de la mañana uno de mis subalternos no hubiera aparecido aún, yo también habría puesto a otro subalterno a rastrearlo. ¿Por qué creen que era el único comensal en una cafetería que suele estar repleta en su horario estelar, esto es, justo antes de las nueve de la mañana, cuando el resto de la fuerza laboral, la gente que sí es sensata, entra a trabajar?

La verdad es que el café del coraje —supongo que así se le dice a la parada técnica previa al ingreso a la oficina— se había alargado. En mi intento por ganarle unos minutos preciados a la jornada laboral se me había ido la mano y, en vez de minutos, había terminado por robarle una hora.

Mi victoria, entendí apenas contesté, fue pírrica. «Andrés te está buscando», me dijo la voz del otro lado del teléfono. Una aclaración: no era que mi jefe me estuviera «buscando»; era que mi jefe estaba molesto porque yo, en vez de justificar mi salario, estaba justificando mi despido. La angustia que me produjo la llamada —aunque, para ser sincero, cualquier llamada me genera angustia— no tardó en dar paso al verdadero sentimiento: en las raíces de esa situación había algo más profundo, algo que me hacía querer robarle minutos al tiempo, que me alteraba el ritmo cardiaco cuando recibía llamadas de un compañero de trabajo —ni que decir las del jefe—: nada más, pero nada menos, que desdén por el trabajo.

¿Cómo más explicar que en el primor de mi vida, en la época más enérgica de mi alma, en la franja horaria más productiva del día (9 a 10 am), yo prefiriera quemar el tiempo en una cafetería industrial? ¿Cómo más entender que en lugar de canalizar la energía abundante de los años buenos —antes de los 25, cuando empieza el declive del cuerpo—yo escogiera dejarla derramar como agua de pecera después del primer martillazo?

Era desdén por el trabajo, puro y simple. Y por supuesto yo no era el único en sentirlo, por más solo que estuviera en esa cafetería. Ni tampoco era el primero en sentirlo. Ya desde los griegos tenemos noticia del desdén por el trabajo. ¿Cómo rebajarse a trabajar si lo que hace falta, lo verdaderamente importante, es pensar y gobernar? ¿A qué horas filosofa quien se desgasta en el trajín de ocupaciones ordinarias? En admiración de los filósofos que le antecedieron, Seneca decía que «encontraron la manera de convertir la ociosidad de los hombres como ellos en algo más útil para la humanidad que toda la agitación y el sudor de los demás».

Pero no hace falta remontarse a los antiguos para encontrar rastros del desdén por el trabajo. Basta con fijarse en la manera cómo un aristócrata promedio de comienzos del siglo pasado se refería a su actividad: no hablaba de trabajar, sino de hacer negocios. Como si viviera en la Grecia antigua, el aristócrata decimonónico entendía el trabajo como un asunto de plebeyos: quien tenga altas aspiraciones en la vida debe huir de esa trampa mortal que lo pone a uno a sudar. Esta brecha entre la altura que corresponde a quien organiza empresas y la bajeza de operarlas no es fortuita: es intencionada. El desdén por el trabajo permanecía, hasta hace poco más de cien años, un privilegio de élites.

Curiosamente, no es precisamente desdén lo que siente el proletario a principios del siglo XX  por lo que hace. En no pocos casos, el trabajo es, quién lo iba a creer, el medio que tiene a la mano para encontrar dignidad en un mundo que le es hostil. El obrero intercambia sudor por pan, que luego trae a la mesa, y así mantiene a su familia y, en el proceso, reivindica su valía. El trabajo también es un punto de encuentro, un organizador de la sociedad. Los barrios se organizan a partir de oficios. Allí nacen camaraderías que ayudan a tolerar las condiciones pavorosas de las fábricas. Ni toneladas de psicología positiva pueden llevar al obrero a derivar alegría del hollín: en un trabajo netamente mecánico el vacío espiritual está garantizado. Pero en la fábrica, el sujeto ha encontrado una de las grandes dichas al alcance del ser humano: una comunidad estable y solidaria.

Hoy las cosas han cambiado. Las comunidades se han desintegrado, los individuos se han individualizado todavía más y, como resultado, el trabajo se ha afincado en el centro de nuestras vidas. El trabajo ha ganado la partida al ocio y —esto le sonaría raro a los antiguos pero a nosotros no tanto— la tendencia de los últimos años parece ser la de que se trabaja más de lo que se vive.

Si lo miramos desde el antipático punto de vista de los estamentos, el revolcón es descomunal. La tradición griega que ha perdurado siglos ha empezado a desvanecerse; finalmente las élites han reconocido el valor del trabajo, y han empezado a limpiar la mancha que habían regado sobre esta actividad. Cada vez son menos los herederos que se enorgullecen de su condición y a los que les basta fumar sus pipas debajo de los laureles de la hacienda. En una visita al café de su elección, un martes a las diez de la mañana, no es raro que el lector se tope con dos o tres herederos que han decidido volcar su energía a trabajar, como cualquier otro comensal.

El trabajo ha probado ser el gran ecualizador de nuestro tiempo. Casi todo el mundo lo hace.  No es una carga que las elites, a fuerza de sus privilegios, evitan y se la imponen a los que la necesitan para sobrevivir. El velo ha caído, la bruma se ha replegado, y hemos podido ver el trabajo por lo que es: un rasgo inherente al ser humano.

Por eso es peligrosa la tendencia reaccionaria que busca restar importancia al trabajo. “Tú no eres tu trabajo”, titulaba El País de España un artículo que se refería a la Gran Dimisión —la renuncia masiva en 2021 de millones de trabajadores, principalmente en Estados Unidos— y concluía: «la Gran Renuncia no sería solo resultado del burnout, el síndrome del quemado, ni de la adhesión a movimientos en contra del trabajo. Sería sobre todo una reivindicación de una vida e identidad propias, más allá de nuestro salario o función productiva.»

Por supuesto que hay vida más allá del trabajo, y que el trabajo no lo es todo. Pero de ahí a concluir que la vida y la identidad pueden conformarse «más allá de nuestro salario o función productiva» hay un trecho largo. Y peligroso. Restarle importancia al trabajo sirve de analgésico temporal para el empleado que la está pasando mal, pero puede nublarlo de una verdad muy simple que Mario Sergio Cortella expresó así: «Nosotros hacemos el trabajo, pero en cierto sentido el trabajo también nos hace».

No es cierto, entonces, que de un lado esté la vida real y la identidad, y del otro lado el trabajo. El trabajo permea al trabajador. Moldea la identidad. Lo labra. «Todo pintor se pinta a sí mismo», decía Miguel Ángel. Que idea tan simple, pero cuán esquiva parece hoy en día. A nadie debería sorprender que la actividad a la que le dedica la mayoría de su tiempo despierto tenga consecuencias personales. «¡Personalísimas!», gritaría su abogado de confianza. El desdén por el trabajo, hoy ya no un privilegio de élites sino una reacción de trabajadores frustrados probara ser un alivio transitorio con secuelas permanentes.

Entonces sí: como dicen en El País, de la pandemia se puede extraer la conclusión «tú no eres tu trabajo», pero que se pueda no quiere decir que se deba. Vale la pena recordar que el sudor, ese que tanto despreciaban los antiguos, no solo es síntoma de que se está trabajando, sino sobre todo de que se está remojando el polvo de la tierra, abonando el terreno para un futuro —ojalá— mejor, y de que, como dice el Génesis, ese polvo somos y en ese polvo nos convertiremos.

 

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