El síndrome de Julio

Por Andrés Acevedo

«Estoy durmiendo a horas erráticas, estoy llorando desconsoladamente, estoy escribiendo y nunca publicando […] estoy asegurándome de comer un cuadrado de chocolate oscuro durante mis episodios depresivos de manera que suenen sexi en mis memorias.» El pasaje es de un artículo de Rayne Fisher-Quann, una periodista canadiense que además de haber nacido después del 2000 (cosa ya de por sí sorprendente) escribe, y es intencional, despreciando las más elementales reglas gramaticales (de pronto lo primero es causa de lo segundo). Más allá de su curiosa ideología antigramatical, el artículo es formidable. Y lo es porque pone el dedo sobre una de las grandes patologías que nuestro siglo ha exacerbado: la obsesión con vivir para la narración.

Ahora, ustedes dirán que siempre ha habido narcisos obsesionados con vivir de una manera digna de ser contada. Julio Cesar se deshace en llanto cuando ve la estatua de Alejandro Magno porque se da cuenta que, en comparación con el macedonio, no ha hecho nada con su vida. Uno se pregunta si a Julio lo que le preocupa es no alcanzar lo que se propone o más bien caer en el olvido. Desde siempre hemos tenido noticia de la vocación de eternidad que envenena al ser humano. Pero nunca ha sido un fenómeno tan extendido como en este siglo.

La angustia de Julio la viven hoy cientos de profesionales ambiciosos que quieren hacer de la suya una carrera memorable. Quieren alcanzar la maestría en su oficio. Llegar a la cima. Conquistar el mediterráneo, como Magno. Cruzar el Rubicón, como Cesar. Sufren, sin embargo, del síndrome de Julio: están priorizando lo aparente a costa de lo profundo.

La maestría en un oficio se alcanza a fuerza de repetición y de profundidad. De martillar diez mil veces, y hacerlo en función de cavar cada vez más cerca del centro de la tierra. Lo profundo es opuesto a lo superficial. Apenas obvio, ¿cierto? Pues bien, la patología de vivir para vender la propia historia, agravada por los aires de consumismo en lo que todo —incluso la vida— es susceptible de volverse un producto, nos saca de las profundidades y nos fuerza a transitar eternamente el mundo de las apariencias. El que persigue el glamour de una trayectoria profesional que cause envidia está distraído de lo que le permitirá alcanzar la cima, que es cosa muy distinta de la tarima más alta.

«Nunca estoy pendiente de tomarme la foto del cargo que estoy ocupando, por más importante que parezca», decía Martín Bermúdez en el segundo episodio de la quinta temporada de 13%. Hoy Martín es magistrado del Consejo de Estado, uno de los cargos más importantes de la rama judicial. Pero Martín Bermúdez persigue la verdadera maestría de su oficio. Y por eso, el Consejo de Estado no es una tarima para brillar, sino el lugar más propicio para tener las discusiones legales más importantes de nuestro tiempo. Su trabajo es un trabajo, no una actuación. Sumergido en las profundidades de su profesión, el maestro evita la tentación de trabajar para la foto, de incurrir en un performance, y se dedica, simple y llanamente, a hacer lo que toca hacer.

En su ensayo Fisher-Quann no se refiere a las carreras profesionales, sino a los problemas de salud mental en las mujeres y lo inadecuado de asumirlos desde el lente de una consumidora de series de Netflix: «Sigo filtrando mis experiencias a través de los ojos de un consumidor; el deseo de editorializar nuestras propias experiencias (de romantizar lo no visto, de vivir para nuestras biografías) se ha convertido en una faceta de ser mujer tan inevitable como respirar.» Es curioso: una ocurrencia tan interna como una enfermedad mental lleva a la mujer contemporánea a verse a sí misma desde afuera, a desdoblarse para encasillar su dolencia con el arquetipo representado por una protagonista de una serie de televisión. Escribe Fisher-Quann:

«Una niña en tu feed de titok tal vez se describa a sí misma Joan Didion/Eve Babitz/Marlboro rojos/Levis de corte recto/mujer Fleabag (esto quiere decir que está deprimida). Otra se autodenominará vestido de muñeca/Sylvia Plath/mujer Lana del Rey (desorden alimenticio), o una jugo verde/Emma Chamberlain/mat de yoga/mujer podcastera (un desorden alimenticio diferente).»

Siglos atrás, Julio, antes de ser Cesar, se imaginaba el peor de los posibles desenlaces de su vida: la irrelevancia. Para él, la vida valía la pena si y solo si se convertía en biografía. Julio era una anomalía en su tiempo: en la Roma antigua la mayoría de ciudadanos, simplemente, vivían. Hoy en cambio es la regla: ¿cuántos de ustedes están más concentrados en imaginar los siguientes pasos de su carrera que en el trabajo que tienen al frente?, ¿Cuántos escogen las organizaciones en las que trabajan por lo que puedan aportar ahí y no por lo sexi que se vería esa marca en sus hojas de vida?, ¿Cuántos ven sus puestos como trabajos y no como plataformas para propulsar sus carreras?

El principal obstáculo para la maestría es esa sobre editorialización de la vida de la que escribe Fisher-Quann. Es la priorización que le damos a vendernos por encima de hacer el trabajo que nos corresponde. Es el olvido de un hecho muy sencillo: para los actores su trabajo es la actuación, pero casi para nadie más lo es. Las vidas que no son películas también son vidas. La falta de glamour no es un riesgo existencial para nadie. Los cargos no son tarimas para brillar, ni reconocimientos a la valía del profesional, son, como dice Martín Bermúdez, «una responsabilidad, más que cualquier otra cosa.»

El funcionario es presa de un engaño superficial: cree que él ahora es su cargo. La realidad es que apenas lo está ocupando transitoriamente. Es el cargo el que viene con camionetas y choferes, no él. Lo que a le corresponde no es sentirse superior mientras se «pasea muy importante con su esquema de seguridad», como decía Martín. Lo que le corresponde, en verdad, es asumir la responsabilidad y hacer el trabajo. Internarse en él. Ojalá al grado de Martín Bermúdez, que solo cuando ha entregado sus responsabilidades cae en la cuenta de que «yo era eso, que es tan importante.»

La maestría verdadera exige una vocación hacia lo interno, sumergirse —internarse— en una disciplina, esquivar las distracciones externas y superfluas, reconocer que hay dos tipos de brillo: el del oro falso que distrae al buceador del verdadero brillo: el que emana de las escamas del pez. El que solo un improbable milagro biológico ha puesto frente a sus ojos.

 

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