Curiosidad y exploración

Por Nicolás Pinzón

Las décadas de los más importantes navegantes de la humanidad, entre el siglo XV y XVI, debieron haber sido tiempos fascinantes. Esos personajes intrépidos, como Colón y Magallanes, expandieron el mundo y abrieron las puertas de una nueva era. Hoy parece obvio el punto de unión entre América y Europa, pero en ese momento — imagínense — era amplificar la forma como se concebía la realidad. Lo único equivalente que puede pasar hoy es encontrar civilizaciones de otros planetas en alguna exploración espacial. Algo así se debió sentir cuando un grupo de exploradores marítimos empezaron a llevar noticias a Europa afirmando que había un continente inexplorado por ellos. Un nuevo mundo.

Los seres humanos somos exploradores por naturaleza. Buscamos saber más y entender más. Nos atrae el conocimiento, el chisme y lo inexplicable. Probar cosas distintas y conocer nuevas tierras. Por eso una de las características específicas que nos diferencia de otros animales es la curiosidad: el querer saciar las dudas de lo que aparenta ser incomprensible, para alcanzar lo que tiene sombras de inalcanzable.

La curiosidad es lo que mantiene activas a las personas. Quien apaga la curiosidad, apaga la vida. La curiosidad, entendida como la persecución de las dudas, es un síntoma de nuestro constante desubique. Y ese desubique, aunque angustia, es parte del picante existencial. Como dice Miguel Silva, sólo está ubicado el que está muerto. Esa búsqueda por entender lo que somos, lo que está alrededor y lo que hacemos, es un pedazo de nuestra insaciable esencia exploradora.

Exploración y curiosidad son conceptos que van de la mano, pero que — aunque se complementan — no son lo mismo. El curioso persigue saciar dudas; el explorador tiene un objetivo definido. El curioso no está buscando nada específico en la acción de curiosear; el explorador tiene una intención más definida. La curiosidad se relaciona con el ocio, el asombro por los detalles de la vida, y el amor por el conocimiento. La exploración, quizás, se guía por los incentivos de lograr algo.

Cuando uno está explorando, aunque no pueda ver mucho más allá de lo que permite la bruma, el objetivo de encontrar algo concreto siempre está presente. En el sentido literario es claro: se busca un tesoro, un territorio, la cima, un animal, una planta. En la vida laboral a veces no es tan claro, pero debería serlo. Especialmente los primeros años de carrera son llenos de niebla y algo abrumadores. Uno puede dejarse arrollar por ese ser aterrador que es el trabajo, o uno puede tener la vista perspicaz de quien explora pacientemente algo desconocido.

La pregunta es, por supuesto, uno qué está explorando. Normalmente la respuesta es la misma que existe desde hace siglos: a uno mismo. Posibles versiones de uno mismo, diría Herminia Ibarra. Lo desconocido que uno explora es aquello que uno puede entregarle al mundo, por medio del trabajo, desde lo que uno es, y el potencial de lo que puede ser. Pero hay algo importante por advertir: la exploración no es aspiracional, sino el resultado de un choque con la realidad. Un grupo de navegantes a finales del siglo XV tenían el objetivo de encontrar una nueva ruta para llegar a India, la cual le permitiera comerciar las especies conocidas de ese momento con menos intermediarios, pero se toparon con algo muy distinto: un continente que no conocían. El objetivo inicial cambió por aquello que mostró la realidad.

Algo similar pasa con uno: en un punto inicial no importa uno qué quiere ser, si el choque con el mercado le muestra lo que uno es. Tal vez uno quería ser gerente, pero la realidad le muestra que su personalidad es la de un consultor independiente; tal vez uno quería ser político, pero su fortaleza está en la investigación técnica de políticas públicas. La realidad del trabajo le da a uno atisbos de la identidad propia en la carrera profesional. En otras palabras, uno choca con la realidad del mercado laboral, y al rebotar, si uno es buen observador, puede empezar a ver cómo emergen sus fortalezas. Y eso, precisamente, es en lo que uno debe enfocar intencionalmente la exploración personal.

Es cierto, uno en esa exploración también puede buscar otras cosas. Uno puede fijarse en cómo ganar dinero muy rápido, o dónde se siente tremendamente feliz, o cómo encajar en lo que se espera de uno, o cómo puede cambiar el mundo. Esas son decisiones que cada uno escoge, pero tengo la convicción de que la búsqueda por entender para lo que uno es bueno — sus fortalezas — , con base en un autoconocimiento profundo, y aplicado en problemas por resolver, es la búsqueda que es más esencial e importante a largo plazo. Sólo quien descubre sus fortalezas y se enfoca en ellas se puede volver excelente en lo que hace, y sólo quien ha desarrollado la excelencia en su oficio puede encontrar verdadera satisfacción, hacer transformaciones en el mundo, y ganar dinero de forma sostenible. Las otras búsquedas — incluso las que aparentan ser más virtuosas — son fútiles si uno no es capaz de entenderse a uno mismo.

Es frecuente pensar que la carrera profesional sólo es cuestión de perseguir. De perseguir intereses, pasiones y sueños. Pensamos que debemos rendirle juramento a una versión nuestra que en la adolescencia se prometió seguir el legado familiar, o hacer proyectos de educación, o ser un empresario que viaja por muchos países. Eso es pedirle mucho al mundo. Es pedirle que todo va a salir según lo planeado, y que además uno lo va a disfrutar, y que uno va a ser excepcional en eso. En vez de pedirle al mundo el mejor trabajo, uno tiene que darle el mejor trabajo posible al mundo. Y para hacer esto — ya es claro en este punto — es fundamental un entendimiento profundo de la identidad propia.

Una exploración en la carrera profesional es lo mismo que una exploración personal. En el choque con el mercado — con la realidad — uno descubre sus debilidades y sus fortalezas. A partir de ahí uno explora posibles versiones para potencializar las fortalezas en aquello que le resulta interesante, y así se empieza a enfocar para explotar lo que ha descubierto. Como la mayoría de búsquedas humanas, esta es otra que suena bien, pero que es tremendamente compleja. No sólo es compleja por la cantidad de variables que existen en el mundo y el dinamismo caótico en el que vivimos como sociedad, sino también porque no es un proceso lineal: no es cuestión de explotar, encontrar, y explotar. Fin. En realidad, la carrera profesional cada vez está compuesta de más transiciones, y por más que uno se conozca, habrá etapas — en alguna crisis, probablemente — en las que habrá que someterse a prueba nuevamente para explorar alguna otra versión desde lo que uno ya es.

Es por esto que la curiosidad tiene un rol protagónico para complementar una exploración intencionada. Quien explora, después puede explotar lo que ha encontrado al tener foco, pero sólo la curiosidad permanente nutre a largo plazo esa explotación. La explotación no es lineal, pero sí temporal. La curiosidad debe ser constante, incluso en momentos de mayor explotación, porque un foco debe nutrirse de la persecución de las dudas por saciar. Esa es la forma de mantenerse activo, incluso cuando la claridad mental de lo que uno debe hacer parece obvia. La vida, en sus transiciones naturales, lo sacudirá a uno en muchos momentos, y mejor que lo agarre a uno con la chispa de seguir aprendiendo, que con la complacencia del deber cumplido. Esa chispa de una mente activa, sólo se mantiene viva en una mente curiosa.

Los procesos de las carreras profesionales, que no son lineales, pendulan entre momentos de exploración intencionada y explotación con foco. Uno en esos movimientos va revelando su identidad, que se nutre de fortalezas y habilidades que se complementan coherentemente entre ellas para darle el mejor trabajo posible al mundo. Es un proceso fascinante y complejo que requiere no perder la esencia de nuestra humanidad: las ganas de saciar la curiosidad.

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