Guía de escucha: El arte de lo posible

La historia de William Rivera, en principio, es la de un indígena nasa que logró crear una empresa que parecía improbable en un contexto aterrador. Pero, como toda historia que contamos es 13%, lo que nos dejó William trasciende a una idea más profunda sobre la forma en que nos podemos aproximar al trabajo. Es, en realidad, una verdadera historia de progreso. 

Escogimos las partes más relevantes para entender cómo Willam Rivera es un ejemplo de que el trabajo es mucho más que una transacción de tiempo a cambio de dinero, y para explorar cómo su mirada hacia el trabajo es esencial para la satisfacción laboral. 

Su historia

William Rivera nació en un resguardo indígena nasa en el departamento del Cauca en un momento en que la guerra en Colombia se apoderó de esa región. La vida de William era una destinada, exclusivamente, a intentar sobrevivir. Para entender el contexto en el que transcurre la historia de William, esto es lo primero que deben saber: 

Jornalero

Como jornalero, el trabajo era arduo, físicamente exigente, pero tal vez más importante, el trabajo era, por naturaleza, frustrante. William recolectaba granos de café. Desplazándose en cuclillas, con la espalda arqueada, William llenaba sacos de café y al final del día lo entregaba a cambio de algo de dinero. El siguiente día repetía el proceso. 

Era una labor en la que William empezaba de cero todos los días, en vez de ir creando algo que se suma día a día. Por más café que hubiera recolectado el día anterior, su trabajo iba a ser igual de arduo, y el resultado sería exactamente el mismo, el día siguiente. Cada noche, el medidor de su progreso se reseteaba. Todas las mañanas, sus esfuerzos previos ya se habían esfumado y William, otra vez, tenía que pasar de cero a cien. 

La única manera que tenía William de entender el trabajo era que este consistía de una transacción de tiempo a cambio de dinero. Dinero que, además, se gastaba inmediatamente en cerveza y billar cada noche. William estaba atrapado en un ciclo de trabajo-cerveza-trabajo.

En ese punto de la historia, la familia de William migró a Mesetas, en el departamento del Meta, buscando nuevas oportunidades. Fue, sin embargo, una llegada tremendamente complicada.

Cambiar de hogar es difícil por el simple hecho de que hay que adaptarse, pero las condiciones en las que llegó William, y lo que pasó con su hermano al poco tiempo, hacen que sólo den ganas de volver al punto inicial y olvidarlo todo. 

Nuevas oportunidades

El cambio de paisaje no sólo sacó a William de la rutina trabajo-cerveza-trabajo, sino que también hizo que le picara el bicho de la inquietud: esa duda que se enciende cuando uno se da cuenta de que existen otras posibilidades. Ese bicho que pone en duda si lo que uno ha hecho toda la vida es la única opción.

William ya no era el mismo que pasaba resignado los días en la vieja rutina. Sabía que esa rutina era la puerta de entrada a un estancamiento eterno, y eso ya no era una posibilidad. Con una visión más amplia, supo que no podía quedarse mirando atrás. William, contra todo pronóstico, volvió a Mesetas. Tal vez sin darse cuenta, esta vez llegó con otra mirada. La mirada de alguien que quiere construir y progresar. Una mirada que se proyecta hacia futuro. 

En 2010 empezó la búsqueda de William por encontrar un trabajo que le rindiera tributo a su nueva forma de concebir el mundo. Con esa mentalidad, ya no había nada que lo parara. No se paralizó en el 2010 cuando se lanzó por primera vez al Concejo de Mesetas, y perdió. Tampoco cuando, después de haber ganado, y siendo concejal, se dio cuenta de que por ahí no era la vía para lograr lo que se imaginaba.

En el 2014, con su amigo Jefferson empezaron a darse cuenta de algo… 

Después de mucho pensar —tal vez en exceso, según William—, empezaron a llevar a la gente a hacer tubing. Eso fue un buen inicio, pero sabían que el negocio tenía que evolucionar, o estaban condenados a desaparecer.

Una llamada inesperada

Sin dinero para comprar los botes de rafting, William estaba próximo a resignarse en la creación de un negocio de turismo próspero para la región. 

En ese momento, apareció una abogada que hacía más de una década había asumido el caso por el asesinato del hermano de William. “Ganaron el caso”, dijo la abogada. “La sentencia declaró que el asesinato fue un falso positivo. El Estado los va a indemnizar”. Así lo cuenta William: 

Nuevas oportunidades

La familia le dijo a William que eso era muy arriesgado y que era mejor invertir eso en la compra de diez a doce novillas para ir a la fija. William entendió que era una oportunidad única y se fue a comprar dos botes de Rafting. Así empezó formalmente Turém, la primera agencia de turismo de la región. 

William Rivera se pudo haber quedado en su rutina de jornalero en Jamundí. También pudo haberse resignado rápidamente con su negocio. También pudo haber ido a la fija en la inversión del dinero que recibió por la indemnización comprando novillos. Pero William es de los que cree en el arte de lo posible. Cree que a las oportunidades hay que abrazarlas porque no siempre van a estar. Cree que con el trabajo uno puede progresar, y sabe que no hay mayor satisfacción que desplegar energía en una labor con sentido, verla crecer, y —como consecuencia— amplificar posibilidades para otros.

Por último: hubo una frase que nos dijo William que resume en gran medida lo que significa la sensación de progreso. Una que siempre que volvemos a escuchar nos asombra por su simplicidad y profundidad, aún más teniendo en cuenta el contexto que él ha tenido que vivir.

Proyectarse a futuro

Concentrarse en el presente y proyectarse hacia el futuro. Esa es la base del progreso. Trabajar hoy lo mejor posible, avanzar, crecer, y visualizar. Después, sin que uno se dé cuenta, mira un día hacia al pesado por el espejo retrovisor de la vida, y se da cuenta de lo mucho que ha progresado. Esa es la verdadera satisfacción: pasar de un punto A a un punto B. 

Una aclaración bien importante: uno podría concluir, erróneamente, que para tener sensación de progreso en el trabajo hay que abandonarlo todo y emprender. Pero avanzar en una labor no está reservado para emprendedores. Todo el que ha trabajado en un proyecto puede reconocer que la diferencia entre el día uno, cuando estaban reunidos intentando diagnosticar el problema y esbozar ideas vagas de como resolverlo, y el día setenta, cuando las ruedas ya estaban en movimiento y toda la energía de un equipo había puesto a andar un mecanismo que, aunque tal vez imperfecto, había mejorado las cosas.